De Antología Virtual
Conducida por Julio Carabelli



NIÑO ARGENTINO
 

Apenas caminaba en un ritmo deshecho 

el niño que inventó la escarapela de apariencia,
sus nubes impecables y su alfiler mellado,
volcaba acumulación en nada, tangibilidad en nada 

y en todo la macedonia de las sensaciones. 

La lectura de pie, con el libro en la mano,
junto al banco de madera lijada. 

La mera angustia de los nombres,
los temas,
las leyes que alguien llamó gramática
y otros "desenvolvimiento". 

Incluso en el paisaje de aquella oscuridad
elegía sus estancias:
la clara rama del búho
en la chistada medianoche.
La noche inmensa del ratón
en la casa dormida. 

Llamarlo pasajero mentiría.
Llamarlo "argentino" mentiría.
quizás regalo, don, 

presente para la muerte
como un "aquí" en otro idioma
-con lápiz de carpintero
garabateado.

 


 

NIÑO PORTÁTIL
 

En contracampo también,
ya no es un sueño, 

las yeguas de la noche
comían hierba en mí. 

...vigía y
todos como nadie saben
heliotropo de su sangre. 

Huéspedes de una edad parecida a la infancia
pero que contiene todavía el habla
que desconocimos.

Y allí nos reúne el miedo a que la palabra sea
su implacable presencia de custodio
en la pesadilla. 

Un caracol dormido
que hacia sí mismo sube, 

y aunque se rebela como una baba plateada
y laberíntica,
otra voz lo lame. 

¿Llueve?
El viento viene a barrer suavemente las cosas.

 


 

VERANO

Otra vez mi casa en la puerta oscura;
la parte clara del verano. 

El mismo, el esperado, 

el que nadie conoce.
Como este ritmo mío,
quebrado
en las palabras de todos. 

Quebrado.
Pero tampoco soy yo quien tiene tus ojos.
Tampoco soy yo quien oye
la alcancía. 

En el centro de la palmera roen oro;
y las ásperas palmas balancean
unas vainas doradas con semillas que estallan 

y 

algo amarillo cae suavemente
y colma todavía
la plenitud de nuestro balbuceo.

 


 

¿Qué cara de las monedas
consultamos? ¿Cuál esfinge sin párpados
sólo con indiferencia nos alcanza? 

Sin embargo, calcábamos con el lápiz mocho
en el papel de diario y en los bordes del cuaderno,
las infinitas caras y las cecas.
Y la moneda con la cara de una Señora
de párpados entrecerrados. 

(Murmura lo que olvidamos.
Ronronea lo que dijimos.)


De Revistas de Letras de La Biblioteca Nacional
http://www.abanico.edu.ar



Carpe noctem

De la noche en la noche entre locuaces ranitas
descubren miel las sensaciones. Resulta de palabras
el niño pescador, el perro que ladra en sueños,
el loro que no dice “puto” —aunque le insisten,
el olor del caballo en el lavaderito en ruinas.

Y el día no viene sin los Morbos y el Miedo de la noche;

y el niño no reclama monedas y más alto, las últimas
en su cabeza ansiosa siente sonar metálicas,
signo del padre ausente todavía.

Sube al caballito y lo doma con un vértigo más agudo
que la velocidad y el Tiempo y el grito
no se parecen a lo que él nos enseña,
más de cuanta media palabra no se amolda a su designio.

Pero el cielo otra vez: azúcar impalpable
sobre un cuadrado de tinta.

 


 

Carpe noctem

Insiste en que no sabe qué es la noche
entre caricias que no espera.

Su pelo
tiene la destreza de entrar en los sueños y
su cabellera es una forma que nada limita,
que tiene los hilos,

los hilos de la fuerza de la música
allí, ahora, como si nada supiera.

Es un afeite la noche. En una Peluquería Modelo;
para que después visitemos a los muertos en
las catástrofes del sueño:

lacas convexas al mirar de reojo espejos,
y autorretrato cóncavo en la cara de la luna.

Se diría que un murmullo no capta la luz
sino las sombras que entrampa cada poema.
Dijiste: “Los astrónomos dirían: agujeros negros,
Freud: melancolía, Lezama Lima: tokonoma y Bataille:
muertecita”.

Sin embargo es carpe noctem: goza de este
único vestigio de dolor y misterio.

 


 

Carpe noctem

Tampoco la oscuridad incomprensible
ni el silencio casero son el peligro y el deseo
que amenaza la ilusión de noche. ¿De qué?

De que la noche
sea la inaceptable intimidad de una espera.
Como una respiración que tiene la fuerza
de acallarnos.

Pero no puede aumentar la cantidad de sosiego
tu mirada en mi memoria.

La beatitud de un recuerdo abre un desfiladero,
una luz para los “llamados” que como ovejas que se cuentan
vienen a saltar cada reproche, cada remordimiento,
cada valla pastoril del día.

Pero allí también te espera
y te confunde con brillo y opacidad la noche.
Mucho en ella tenías y el colmo fue
en el sueño este arco iris incompleto.

 


 

Carpe noctem

Que la noche no nos preguntara nada.
Que sólo las lámparas encendidas para los amigos
dieran cuenta de un afecto remoto y excesivo.
Que no pudiera medirse el tiempo que guardó esa
promesa el gesto ciego de la intimidad —tan espontáneo
que ya no nos pertenece.

Que el silencio fuera el secreto de una anécdota
y
que la anécdota fuera tan insignificante
que en su aparente oscuridad durmiera
como un grillo.

Que lo que no sabemos qué es advenga para todos,
fingiendo todos saber que no lo saben.
Ellos preguntaron: “¿Cómo será esta noche?
¿Qué fin tendrá la noche?
¿Próspero o adverso?”

En el sentido una apuesta más secreta nos vigila
y olvida.

 


 

Carpe noctem

Claridad de la luna, ahora,
y esas tres nubecitas súbitas
que recortan el cielo con sus
puntillas mentirosas

¿puedo rozarlas?

¿Es con mi escritura la mano de un adiós
parecido al de la infancia, cuando
mi madre se alejaba?

Mis pies reconocían
el sentido entero de su marcha.
El sentido oscuro que mi alma jamás tuvo.

El grito,
cuando en los sueños aparecían ya
mis hijos crecidos,
la luz clara de las palabras de ellos.

¿Y nosotros quiénes éramos?
¿Quiénes somos en el rapto nocturno?

 


 

Carpe noctem

Queridos hijos que duermen
no a mi lado sino en los cuartos contiguos.
¿Por qué despierto miro eso que enredan
las veloces fuerzas en el sueño,
y aquello que por instantes domina
la verosimilitud de los durmientes?

¿Cuánto de mí hay en ustedes —que sufro?
¿Cuánto en placer de mí depende, suspendido
como un diablillo que sonríe en sueños
de una vida que yo también sostuve
cuando mi padre velaba por mí?

Una ilusión o réplica
a la inútil indagación: la obsesión de escribir,
para que el pudor se transforme en anécdota
y la impotencia gotee en el dolor.

Su mal (el mal
que vuelve útil la poesía) —jamás exento de
sinceridad. Su cuerpo, parece un habla
y palabras; y cuando me canso de ese hablar,
miro las imágenes.

No se mueven,
no fingen.

y a través de ellas una disposición casi obscena
de la atención intermitente
no explica el misterio —ni lo innegable de la noche
que no conoce la igualdad del miedo y dice con el monje:
“...duerme, duerme con ellos cada vez,
aunque ellos sean los mismos que despiertos
sufren como todos.”

 


 

Carpe noctem


Chucena techa su choza

sin duda en secreto,
el más remoto secreto
dado que la noche es el dado
y la alegría el arte de jugar ese instante.

un señuelo del tiempo

la carga del dado

Los techadores alinean las tejas
mientras hablan del campo;
levantan algunas,
limpian, raspan, adaptan otras, para que
cabalguen, perfectas, y que la nieve y el agua
se deslicen sin interrupción
como ahora las figuras en la luz bajo el sol
animadas, suspendidas
en los trinos, en los gorjeos de los pájaros.

De un lado, diría el Oriente,
las torcazas colombinas,
sus arrullos insistentes y del otro,
los gritos de los benteveos.

En el medio, parece,
en un nido erizado y enorme construido
sobre una antena en desuso,
el parloteo chirriante de los loros.

El golpeteo de un martillo
contra la teja que no quiere ceder su antigua forma,
ahora proviene de otro mundo.

atardece

mientras los loros custodian chillando
el nido híspido pero asombroso,
las golondrinas purpúreas barren con silbidos
el aire anaranjado y brillante que se oscurece
poco a poco.

 


CARPE NOCTEM DEL VERANO

 

Carpe noctem

 

Las ranas del estanque lejos, seguras,
pulsan sus instrumentos simples,
hinchan sus bolsas resonadoras;

los sapos despiertan la oscuridad del agua y

unos pájaros de voces roncas se mezclan
al canon desigual de los últimos horneros,
al puntillismo de las tijeretas que juegan en zigzag
y entredormidas cantan.

todo parece queja y chispas;
sin embargo se festeja la llegada del anochecer

...los almanaques destruidos
parecen las fotos que quemaste: similares
en su modo de arder en la memoria,

el movimiento de cada hoja al arquearse
hace el sentido del fuego que se enciende.

 


 

Carpe noctem

 

Darle forma al sentido.

forjar si fuera posible entre lágrimas o
a través de ellas, si aceptaran,
el funesto goce del “conteo”real,
un habla precaria parecida al ronroneo...

¿Cuántas lágrimas? —y en el fondo celeste,
¿cuántas gotas de rocío?

Repetida fijeza de un sueño crecido
en la noche de un otro murmurado.

 


 

Carpe noctem

...y formas deshechas también,
que en la inmovilidad aparente de una visión
corrigen su propia aniquilación,
su propio exceso:

“no estás, no sé si estarás...”

Tu muerte aseguró que mi presencia
fuera exigua en esta noche.
Y que tu presencia degradada fuera el tesoro,
el potlatch que me provee tus dones.

La pérdida útil de riqueza acumulada
en el erial sin tiempo
donde nuestro gozo como cizaña creció,
tan real entre los sueños reales
pero tan inalcanzable entre las cosas que dijimos.

 


 

DATOS DEL AUTOR

Arturo Carrera Nació en Pringles en 1948.

Publicó: "Escrito con un nictógrafo" (1972), "Arturo y yo" (1983), "El vespertillo de las parcas" (1997), "Tratado de las sensaciones" (2002), "Potlach"(2004), entre otros libros.

Estos poemas pertenecen a Potlach.

Ha traducido a Bonnefoy, Mallarmé, Michaux, Pasolini, entre otros.

Obtuvo la Beca Guggenheim en 1995 y el Primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires.