Paso a nivel
     
 Mi madre es máquina,
lino,
leño.
Piernas chuecas,
surcos resecos.
Párpados caídos,
ojos achinados.
Ojos que se elevan
como aquellas albas
de humanidades inhóspitas,
anuncios de gallos.

Mi madre
ya no esta junto al viejo brasero,
masticando un chipaco,
ni sorbiendo mate cocido.
Tampoco sigue las huellas de alguna cabra
envuelta en su pañuelo blanco
entre el viento y la sequía.
Traquetea como aquel tren adolescente
que por la vía del llanto
la acarreó hasta la ciudad.

Pero mi madre,
sigue siento monte,
chañar y trabajo.
Fuerza productiva
hasta que llega la oración.

Y luego de un sueño sereno,
distante,
sus párpados se elevan
y las mañanas despiertan
un tanto más chuecas y achinadas.
Con sonidos férreos,
con palabras dulces y costuras alegres.
Una vida de paso a nivel.


del libro "Pequeñas soledades"


 

Oíd mortales

 Nací el año
que cayó en La Higuera
un épico latino.
Dormí entre llamitas de faroles,
jugué en una montaña de ladrillos,
crecí sobre un peñasco de ilusiones.
Crecí, viví, morí.
 
Acaricié el retrato de un abuelo resistido,
adolecí entre retumbares de tambores,
curse en gobiernos pervertidos,
viví en sigilo todos estos resquemores.
¿Viví, morí?

 Sentí carretear
a las hojas resecas,
humecté al otoño,
a aquella parra con mis libros.
¿Contemplé
la claridad de las estrellas?
¿O morí en un mundo oscurecido?
                                            
Oíd mortales
soldado de América.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

                        “En Argentina ser un drogadicto es ser 
un hombre muerto” 
                                Diego Armando Maradona
                            30/10/2004 

Hechizo de barro

No fue Harry Potter ni corsario.
Abriendo marcadores en las tardes de Fiorito,
fue hechizo
de barro en el potrero.
Y partió en un saque
para Europa.
Llegó a España
zapateando como Gades,
en Italia Marcelo Mastroianni,
el tango en la gambeta.
Pero esa voluntad
neurótica,
carnal,
le anestesió la vida en la palabra,
fue hundiéndole el puñal,
¡su piel ya no es de camiseta!
En Méjico
la reina quiso darle jaque mate.
Con su mano
latinoamericana
repuso al niño en la pelota,
desafiando a la corona,
manoteando ese balón.
Y los alfiles y peones
rasantes lo corrieron,
punzaron sus garrones,
le arrancaron la pelusa,
¡quisieron degollarte!
hechizo de barro,
de potrero.
Y amagando como el toro ante el acecho,
danzando
como el cisne ante la vida,
eludió a la infracción
en una suerte de poesía suave
y brutal.
Esa zurda 
le dio voz de cañón a la pelota,
liberó del gatillo a la verdad.
De esas manos
que extasiadas por la trampa
socavan alegrías.
Y hechizó los corazones,
empujando a la fe en el aplauso.
También Dios se lo creía.
Aquí nos inflábamos el pecho,
elevábamos banderas desmayadas.
Al final,
si, al final,
otra vez gambeteás a la crueldad.
A ese efecto nasal
que todo se lo diste
cuando lo pidió.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Grillitos en las noches

  Huesos visibles,
sinfonía de la noche.
Ebrias van las ruedas de sus vidas
por caminos cenicientos,
peregrinos del rejunte.

Mala pata
—aunque dicen que da suerte
pisar mierda de los perros—,
ellos siguen
abocados a sus grillos,
subsistiendo como Darwin.

Vituperio a la pelambre,
mal aspecto da la cáscara.
Peroratas
por ser hijos del cartón,
del frío hecho basura.

Huesitos visibles,
bostezo blanco y celeste,
soñadores.
Ya no pueden embolsarles el saltito,
defasaje del billete,
monedita nacional.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Perro empetrolado

  Tus pasos no fueron en charol
ni luciste un frac
bajo la brisa.
En tus ojos
hendidos dos espejos
tal vez de algún adiós,
tu mirada iba yerta en la pesquisa.
Y caíste
a orillas de caracolas,
también yo perecí
al sentir allí en la arena
el vientre de ese hombre
amo de tus piruetas.
Cuando sacudiste tú cariño,
levantaste el horizonte… fue vil el reflejo,
y cerraste en otro día
la esperanza de poder mover tu rabo.
Y espantado por los aullidos de esa raza
—de mi raza—,
enclaustraste tu hocico,
tu lengua en todo ese vacío.
Graznidos de gaviotas en vuelos se lanzaban,
las piedras te caían
como en noches de rocío.
Y allá ibas perro,
vagabundo,
para mí eras un cisne que aleteaba empetrolado,
que se alejaba dejando huellas en la arena
—parecían gotitas—,
y en otra playa
tu cuerpo se haría tiritas,
olfateando el horizonte,
reflejando tu desgano.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Porque te vi nacer

 Federico tiene ojos de semilla,
es el girasol que me amanece.
Tiene alma de coral, aliento a brisa.
Federico puede escribir vocablos en la sal de las olas.
Tiene cuerpo de fruta.
Es tierno como el Kiwi,
fibroso como el mango.
Federico puede extraer el néctar de las flores,
mirar el cosmos por la cerradura de la puerta,
conversar con las estrellas.
Federico me arroja basuritas cuando miro
hacia otra parte.
Es la sonrisa, o la lágrima que lloro,
cuando una calle adoquinada,
cuando un pibe de cartón en la vereda.
Pequeño monumento.
Federico será testigo que fui.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Permanencia

 No te olvides que es invierno pequeño morador,
perecemos dos viejos amigos que siguen varados
en una estación. Pero tu radio me susurra,
domestica mis entrañas, y al tanteo administro
a templanza que va por tu pelaje.
No te ofendas compañero de mis noches.
¡Si sólo fue una caricia! Tal vez tu madre te ha contado
que los hemos tildado de fríos y simples cazadores
de ratas. Aunque en mi cama, la naturaleza de tu cuerpo
desmiente esa condición humana
cuando te estiras,
te estiras como un fuelle. Como el fuelle
que al espíritu del músico abriga, o lo deja a la intemperie,
en otro paisaje, cara a cara con el espectador.

 Ya es tarde, tu radio no susurra.
Desembocan mis manos en la almohada.
Queda un hoyo.
Y me estiro, me estiro.
Y maúllo, y maúllo.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Pequeñas soledades

 
  Hay dos pequeñas soledades en el cuarto que comparten,
y sospechosamente me vuelvo crédulo ante lo que no veo.
  En cada gesto de éste espacio aposentan sus nombres;
en la expresión de las bisagras, en la luz de sus juguetes.
En el viento que golpea y que aborda sin permiso.
  Hoy la noche está en mi regazo, y yo continúo aprendiendo de ustedes. Entre tanta libertad desordenada, pero amable.
Con idioma propio.
  Pequeñas soledades, he venido en busca de sus huellas. Las del beso y del abrazo. Ustedes se transcriben en las espesuras que producen las lluvias en el corazón de este verano, en la posteridad. En la vitalidad del árboles. Tras cada paso que doy adoptan mi voluntad abrazándome en los caminos. Ustedes son mis axiomas. O dos malechores que conspiran a mis viajes. 
  Definitivamente, la vida me es mayúscula cuandolos pienso saludables entreteniendo a las olas de los mares argentinos.
  Aquí sentado, quisiera comenzar a esculpir el tiempo
y darle mi forma. Tal vez alguna noche comprendan, que las pequeñas
soledades no son tan pequeñas.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

San Justo

  Ahí está el universo suburbano, sin plaquetas ni triglicéridos.
Las estatuas transpiran, los sauces las abandonan, el viento se
rehúsa. Los peatones ruegan, miran hacia arriba. La tarde se
refleja moribunda, en cada esquina, en cada rincón. ¿Y balcones?
Y los balcones esperan que el cielo les sonría, que una nube los
salive, y nuestras vidas pasajeras, que se imprimen para adentro,
permanecen enjambradas, boquiabiertas, tras las ventanillas.
Dando puntapiés agujereados, también rifando manotazos,
exhibiendo relojes, pulseras, de Once o de Liniers…
  Tras un giro colectivo el pasaje se aparea. Algunos pibes lloran,
despiertan, sobre senos que madrugan, que regresan con ojeras.
Entre alfombras de papeles reciclados, volvemos a expensas
de la industria que allí afuera nos da tinte con su hollín, que aquí
adentro nos da dosis de gasoil. Llegamos a San Justo, hay
jóvenes que duermen mientras otros leen. Se aman, se odian o se
miman.
En asientos de cuerina granulada.     

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Petrocola

   La industria desecha un coágulo en el río. Procesan pequeñas
criaturas. Rabiosas las algas se sistematizan. Los peces abortan
sus branquias, las aves les lamen las heridas.
   El agua se come al perro, incide en la carne vacuna. Muta el
m a c r o o r g  a n i s m o  de la tecnología. Los niños amanecen
en las calles, rehenes voraces. Mastican polillas, ahumadas
botellas de las alcantarillas.
  De pronto, el lodo, la lluvia, el viento huracanado. Los árboles
se quejan sin savia ni saliva. Se ahogan vehículos, fracturan
carteles, decapitan a los semáforos. La vida queda a oscuras, el
mundo tiene frío.
  El ave en Medio Oriente se pica las alas, espía a la avenida que
recibe a un edificio… un padre que solloza.
  Hay un hombre que mira desde un boing, que tritura
a un mac-niño, que proclama a un corazón.

 

del libro "Pequeñas soledades"


 

Jorge Daniel Córdoba nació en Caballito, Capital Federal, en el año 1967. Actualmente reside en la localidad de San Justo, provincia de Buenos Aires, donde recibió educación primaria y secundaria. En 1999 publica su primer plaqueta de poemas, La muesca. En el año 2004 se afianza en el ambiente literario, y concurre al Taller de poesía coordinado por la poeta María del Carmen Colombo en la CONABIP. En noviembre de 2007, la editorial De los Cuatro Vientos publica su segundo libro; “Pequeñas soledades”. Se realizaron presentaciones en Centros culturales, Cafés literarios, medios radiales de Capital Federal, así como en la provincia de Santiago del Estero.