La herida

 

Estas cadenas rotas
encrucijada en el ojal del cuerpo
pasadizo, al interior del crepúsculo
un sendero, callejón del alba,
arena donde acechan los gladiadores.

Función trágica del rojo cobre
artesano en los siglos humanos
insolencia de una razón fragmentada
que eleva los aullidos de la tierra.

 

 

Del libro “Estaciones del peregrino”

 


 

Un niño lanzado
a poblar el desierto
en batallas de toboganes
mirando por la ventana de los pájaros:
pájaros abandonados
en los resquicios del nido
tirados como cría para volar el aire
para llenar el viento a manotazos,
sueños donde se afianza el espacio,
sostenidos como magos
con sus garfios a la tierra,
en un equilibrio que es fuga
que agoniza en la conciencia.

 

 

Del libro “Estaciones del peregrino”

 


 

 

Lo asustaba el azul
los reflejos del amanecer
el acceso a la inmensidad,
un amor sin razón
su piel descascarada
degollando
la libertad de las olas.
Sus verdes cabellos
caían en silencio
sobre el viejo teatro,
una y otra vez
el vientre seco del barco
golpeaba contra el mar.

 


 

La ventana,
un marco donde la naturaleza
trilla sus ojos.
Una paleta de colores
donde cada generación
deja su impronta
de libre albedrío.

 


 

   La exposición

Ocupar un lugar
tan eterno como la noche
honorablemente sustentado
en festivas ornamentas
bellezas velando en planta baja
una mirada de espanto,
la boca
invitando a tomar aposento
una entrada al infierno
como dije,
un corazón de bala
urgiendo sonrisas en la muerte.

 




   diario

Látigo ese pájaro
que expande sus alas,
raíces de su carne.
Mancha de los enamorados
que cubren sus ojos
con hielo negro.

 


 

desparramado
en pocas huellas
amontonado contra las tetas
arde el niño
con su boca bravía,
pez de anzuelo
¡ánsia!
apretado contra el verano
de la naturaleza.

 


 

Una tregua a la muerte
volvimos a propinarle
¡un golpe!
con nuestra lengua
rabiosa de poesía.

 


 

Escribir
siempre se escribe
a borbotones,
sin embargo
¿cuándo se alista
desde cuándo objeto?
su presencia,
¿a que hora?
¡arde el poema!

 


 

No
primero fue la carne
y después el símbolo
sólo que
materialmente
no sabíamos donde estaba
y él
llego primero.

 


  

   El lanzador

 

Como un disparo caían
los tres animales
atados al viento,
un naufragio de soles
quebrando el pecho
en la piel de grafito.

Ojos por el barranco
con sus tambores de ira,
danzaban las manos
en el umbral del viento,
a cincuenta centavos de historia
un pelotón de estrellas
cargando contra la tierra.

 


 

Una vida artesanal
las murallas de esta rosa,
Oliverio Girondo
en su versión del plata,
sudestada
al dividir las aguas
argentinas.
Eternamente así
multitud agitada
en cada durmiente
su pueblo literario
invisible
en el tejido del pan.