Serie: “Las metamorfosis”
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“Las metamorfosis”

 

Olga Lonardi

 

 

 

 

“Todo poema es una metamorfosis, un símbolo de
pulsiones muy profundas y una manera de conocer
aquello que siempre se nos escapa”
Cristina Peri Rossi

 

 


 

Licaón

Mira bien al hombre,
en la oscuridad de su pupila
acecha un ojo de lobo abreviado y quieto,
sus manos trazan vuelos grotescos,
garras de fiera agazapada.

 

El no padece soledades
aunque su lengua está atada al territorio del aullido,
él mutila las palabras, las vacía,
sólo elige hundir su dentellada,
insiste con dar muerte
porque allí radica su hambre y su dominio,
allí su verdadero ojo, su convicción de lobo.

 


 

Corazón de reptil

Algunas tardes
mi yo transmuta en pájaro
en jaula o en abismo,
huye hacia otras pieles,
mientras mi sombra espera paciente
echada al filo de mi carne y de mis sueños,
la sombra huérfana de mí
bebe mis bordes,
desmiente la figura que crece
cuando se esfuma su efímera materia
de levedad y péndulo.

 

Mi yo transmuta silencioso,
cae por el ojo estrecho de la bestia,
en su propia condena de límite y espanto
se arrastra,
hasta habitar el corazón de reptil
que ahora encarno.

 


 

Metamorfosis de la máscara

Alguien huye en la noche
oculto detrás de una máscara infinita.

Detrás
el rostro disimula lo que ignora,
disfrazado de sí mismo.

 


 

Tántalo

A veces
el hombre abraza la condena
de esculpir un destino de espinas y tragedia,
un destino de negaciones y durezas,
algo innominado lo somete,
lo conduce a un falso paroxismo,
lo que le fue dado como bello
se oscurece entre sus manos
ahora piedras inútiles, grotescas,
su pequeño universo íntimo y bueno
se vuelve barro y ciénaga.

 

Algo lo hunde lentamente
en su metamorfosis,
entonces cumple el rito inevitable,
como Tántalo vuelve a servir al hijo
a la mesa de los dioses.

 


 

Angeles y diablos

Angeles y diablos nos habitan,
como en una lámina de Escher,
particiones periódicas, simétricas,
flotan como ingrávidas figuras,
se fusionan en una ambigüedad
de blanco y negro,
sus alas se rozan en un delicado equilibrio:
plumas del bien y del mal como metáforas,
un destino de luces y de sombras,
de sueños y de espanto.

 

Así la vida nos otorga
ambas versiones de ángeles y diablos
talladas en esferas de silencios,
metamorfosis sutiles
hundidas en lo más profundo de la sangre.

 


 

Dafne

Los despiadados no miden el tamaño de la noche
y las miserias que oscurecen en ellas,
sólo avanzan, a contraluz, en las tinieblas,
avanzan sobre el lomo del hambre
más insaciable de la tierra,
trepan por la oscuridad
en un acecho de trampa que huele a miedo.

 

La víctima huye, pierde fuerzas
en la fuga, se fatiga,
no posee las aguas del Peneo como Dafne
para implorar a Dios la salvación
metamorfosis de Ninfa en árbol de laurel.
La hondura del abismo se acentúa,
los despiadados ignoran las súplicas
y niegan el silencio que les habla.

Un rumor a soledad recorre los jardines
donde deambulan abandonados Vincent
con cartas para Theo
erigidos en sus propias ausencias,
los olvidados Kafkas transmutan
en insectos que se arrastran,

está tan lejana la noche del último poema,
del muro de palabras que Alejandra
saltó hacia la otra orilla.

 

Queda huérfano el instante, sola la voz
donde se traza la curva de la historia.

Mientras
los despiadados trenzan coronas de laureles
para pronunciar sus propias glorias,
tan efímeras glorias, vaciadas en sí mismas.

La vida es apenas una parábola
en eterna fuga como Dafne.

 


 

De ángel a poema

En la otra orilla habita el ángel,
un rumor vago y eterno
le desvela la sangre innominada.
Desde su sitio de soledad y niebla
sus alas rozan la humanidad,
vislumbra los restos de una hoguera,
las fieras, el espanto.

Entonces el ángel
intenta fluir destellos de pájaros y flores
lloviznas perfumadas de cosmos,
inscribe su pequeña huella en las cenizas del día,
transita en su propia ausencia sigiloso
sobre las sombras atadas a los seres,
les da su halo incorpóreo,
vela, paciente, en la puerta de la oscuridad y el miedo.

A veces su temblor de lumbre
colapsa en el espejo del alma,
entra en la vaciedad del otro, lo ilumina,
le transmuta su levedad, su alegoría,
se hace huésped de la escritura y su belleza:
he aquí el ángel, su estatura,
su verdadero rostro
en la metamorfosis del poema.