Los poemas publicados pertenecen al libro: "Carne de tiempo"
Agradecemos el envío de los mismos a Biblioteca Virtual Beat 57


 

Ellos los sumos sacerdotes del
                              error
(crías de agusanada patria o
         pudridero)
se han conjurado para encender
el fuego

tu pecho acogería
ese destello

algo ¿qué cosa?
pretendía
nacer

En la patria o
agusanado pudridero
donde acecha la esfinge de
cera
alguien revelará:

“Ellos
que del Arbol del Vacío
comieron
y amortajados fueron en ciénagas

de fingimiento

en deshuezamientos de
orfandad

encienden todavía el
fuego el
          pudridero
el sumo sacerdocio
          del error

la patria
agusanada

la esfinge
de cera”

 


 

Si un aciago día deseó Massenet
su tristeza volcar en las orillas
del poema musical “Visiones” entre
pelillos de papel pentagramado donde
lanzó el primer lloro aquel poema
del viajero que indaga
             la muerte
bajo las nieves del Simplón Si sueña
Massenet
o delira a su amada
pues el músico amó hecho un loco a la
                         soprano
para quien tal poema volaría al cielo O si
–todo es al fin lo mismo- lo turbe abandonar
pasión por arte si es así o de otro
                          modo
pues qué importa la fuente de cuanto nace
             o muere
y si cólmase su amada de amor al endulzar
tal melodía y es sincero
Massenet
cuando (en breve grafía) plañe: "estoy
triste hace frío"
ose alguien
             amada o lector
suponer que por ello fue –la de Massenet-
una música triste y fría o al revés
                                      cálida fue
por compensar desazón o
              pesares

Nada de esto ha de interesar
al sensato dios o
           mortal: él sólo
tararea con ánima gozosa
los trinos de un Massenet
atristado
          por el
invierno y la
derrota

 


 

Si estallara algún día
arboladura o diapasón
espejismo de ávido
clima?
¿Si un encendimiento de cielos
en ésos los
tus pechos
y tu pasión susurrando allí
donde lumbres de ayer
iluminan
aeropuertos parrales
glicinas?

¿Si Emily Dickinson desvélase
en océanica tumba?
¿Si huesecillos trasegando la
cíclica descomposición?
¿Si es musical la fuerza
que hace girar al
mundo?

¿Si sólo fuera cierto ese
zumbar de moscas sobre
la cinta engomada y
una humana hembra
             que platica
su acidulado
cavilar?

                                            (al poeta Eugenio Montejo)

 


 

¿Si esto que usted bautiza vida
fuera apenas confusión
               indiscernible
de fragmentos
partículas secretas?
¿Y su vertiginoso, anónimo rotar
no suscite jamás

la canción de las esferas? Vea usted
un ejemplo -o maqueta pascaliana-:
           he aquí
diez manzanas, dos lápices,
           quizás.
De pronto, y con no prevista brusquedad,
por azar, o en razón
del fuerte sol,
desbordan el planeta
mosquitas no identificadas, gusanos triscando
la verde, amarga hoja
(dulce, empero, a la
         maltrecha ánima).
Y al lado de gusanos
y de la verde hoja y lápices
          sin punta

con mucho celo y
cauta reticencia

vuelan:
una estela de abejas,
damas que fornican con
sus dálmatas, policías febriles
por bien delinquir.

Cómo esperar, entonces, destelle el
farol del otoño o intuya la
luciérnaga el ritual
pues hay
estrépitos, voces,
         bulle
un billón de diálogos banales
sin orden ni
            concierto
(o así parece, a causa del corto

entendimiento). Bullen, regurgitan
en la noche. Usted, que esto ve
-o imagina- enloquece
sin más. Añada la galaxia de
Orión, el hombre en la
vereda, parejas rompiendo entre
aullidos (mas no quiero mentir: puede
ella ofrendar en son de
paz un dragón, un haz
de gladiolos).

Mientras: agítase una hoja
llueve una gota
llora un
gato
se pudre la mosca en
el vaso

Jamás acepte el aleph
lo anónimo y
                          plural
sin discernimiento.
Este instante (que ya
pasó) es lo único que abriga
eternidad: esta hoja, esta
         foto
esta muchacha o luna
llena tajeada por
el viento

sólo lo singular
respira eternidad

Ya no más el múltiplo mediocre:
una cosa por vez, irreductible,
para sentir al fin
el mar.


                                                     (a Julio Llinás)

 


 

Si en la sucesión de las fotos
si en lo trivial -y confuso-
te guiña cierto indicio
y tu dedo inquisidor se detiene
            igual que en un film cuando
habráse ido o dormido en su silla
el operador
            y a la vista del fotograma inmóvil,
con regocijo al comienzo, con ira más
luego -el operador se ha ido o dormido-
a patalear
el público comience pues
se haya ido o dormido aquel operador,
así, al caer las hojas del pesado álbum
por años olvidado en la gaveta

abierto el cofre del recuerdo
(magma de imágenes
                          manchadas):
esa muchacha cuyos ojos
tiemblan.

Moverás
en el aire del verano la foto,
indagarás su nombre de mujer
hoy sepultado
a cuatro palmos bajo el suelo.
Puede la muchacha lucir un flequillo,
corre ella por el prado y

siéntase a mirarte; el café revuelve
humeante.
Al reir: la punta de la lengua.
Los ojos, espiando al sesgo, dejan ver
el borde de dorada
                         pupila

Ojos de ella para ser mirados, los miras
sabiendo
que hay aquí un feroz
malentendido
(pudiste haberla amado, tomar
su mano a la luz del
atardecer)

Va ella y viene sobre su bicicleta:
ágil rodilla, falda voladora.
y mirar juntos el álbum de tapas de
                                                cartón
pesadas como el tiempo.
Mirar el mirar de la muchacha, frágil
como el tiempo
Mirar a ella que viene y va sobre
la muerta bicicleta.

Mirar el tiempo:
su aguja de oscuro
destejer.

                                              (a Luis Tedesco)

 


 

Si esta botella -o imagen de botella-
que una mano prensil pareciera
                                           elevar
ignora su esencia botella, desconoce
         su destino
(el vino, cierto es, no bebe vino)

en antípoda rincón de la foto
otras manos reiteran el
ritual: alzan copas, brindis, café.
Añada usted a tal escena chambergos
roaring twenties,
cigarrillo pendiente de dos
dedos, inversos otros dedos
ciñen el talle de cimbreante hembra:
¿adónde hoy su sonrisa, collar
                   aguamarino,
terciopelo moldeando la cadera
y el varón que la ojea,
                    seda al cuello?
¿Es Billie Holiday tal vez? ¿Louis
Armstrong será
                           quien ríe con bufanda?
Ha de hacer frío
en esta foto, vean: varonil chaleco
                             zorros
sobre turgentes formas. ¿Un viejo fuma
en pipa o es por pipa
fumado?

Sonríen ellos a la foto, al clic
de absurdo ayer
que –obstinado- querés tornar
presente (oscurecidas, ya,
                          las luces todas).

Entre sillas de Viena y espejos art-decó,
alegres de estar vivas
sonríen a la foto
las burdas calaveras.

 


 

Si se abalanzan todos con chambergos
-cintas negras, anchas copas, bombín-
mientras sus nervios, calando la gorra,
trémulo aquel vigilante apacigua
(un gesto inútil ante tal tragedia
que enluta a chicos y a grandes)
torpe, trivial escena en que la parca

de pronto de un cantante se enamora
y lo abate sin darle ni preaviso
y el campo entero es cardumen de sábanas
debajo de las cuales yacen
mueren
mujeres y hombres secamente anónimos.
Y esto torne a ocurrir cada junio

(y un petimetre mirando a la cámara).
Mas, si usted vuelve atrás la manivela
la serranía límpiase de sangre,
dejan de arrojar fuego los aviones
y están a tiempo los protagonistas
de eludir la artimaña del destino
obviando así que radios y periódicos
proclamen con adolorido énfasis
lo que nadie ha aceptado todavía:
Carlos Gardel matóse en Medellín

 


 

Si miras a tu alrededor
el banal ajetreo de
luces y de sombras
de ángulos y tangentes
que se funden
en una turbia vibración

sin sentido -o quizás
el sentido, al fin, se refugie
en el hervor de los minúsculos
cuerpos que nutren tales
formas-

si el discurrir del cosmos
al común entender desafíe
cuando tu hija
(a su vez, madre de hijos)
exhume
de algún mohoso archivo
tu imagen, e interrogue:
"¿por qué tuviste que morir?"

si se indignen parientes
y amigos
porque los señales con el dedo
o pretendas dictarles instrucciones
aun después de hundirte
bajo tierra
aun después de arder
como una tea

obstinado en regir tu propia muerte
rebelde al más básico urbanismo
insoportable
hasta en el
ataúd

 


 

Si a ésto llamas "ruidos de la noche"
significa que la
noche
ánfora es, desfondando
aguada de ruidos,
lecho pequeño es
para el fornicio de los ruidos

Si no te aterran ruidos de la
noche: no estás vivo
o, quizás, sólo seas inocuo

pretencioso
ser, sin -aún-
estar.

                                         (a Juan García Gayo)

 


 

AH FRÁGIL EQUILIBRIO
o columpiar del blanco
grano de arroz en el borde

del plato, el arroz que osciló
hasta caer sobre el no más
pulcro mantel. Si fueras Marcel

Proust, tal hecho bastaría tal vez
para evocar la infancia y hacer
del plato, porcelana de Limoges,

del arroz, magdalenas en el té
invistiendo así de eternidad
un día, como todos, prescindible.



DATOS DEL AUTOR

 

Nació en Buenos Aires en 1931. En Poesía tiene una decena de libros; entre otros:
«Cuerpo Textual» (Premio Municipal 1986/87), «Cantiga del Otro» (premio
Edic. del Dock 1992), «Mientras él Duerme» -en coautoría con el pintor Juan
López Taetzel, 1997- y «Para amar a una Deidad» (1998, premio Fondo Nac.
de las Artes).
Inédito: «Carne de tiempo».
En narrativa: «Ventana con Ornella» (cuentos,
1992); inéditos: «La mujer equivocada« (cuentos) y «Gardel se fue a la guerra»
(novela).
Participó en encuentros internacionales de poesía; el más reciente, en Las
Palmas de Gran Canaria, 1999.
Poemas suyos fueron vertidos al inglés, italiano y
serbio-croata (esto último, para el Festival de Struga, ex Yugoslavia, 1986).
Colabora con ensayos y poemas en publicaciones de Brasil, Colombia y Europa.
Representa en el país al sello LAR y la revista de poesia «Trilce»,
ambos de Concepción, Chile.