La Rueda

Lluvia y carne dados vuelta al sacrificio. Nueve manos
blanquísimas. Y el polvo. Sabía que su dios no era aquel mármol,
ni los ojos en la rueda de algún sino o aquel mudra que su índice
mojaba.
Lo esperó en el temporal, contra silencio, en los hábitos de vigas y
de ayunos. Y en la noche del fuego lo pidió.
La vida del milagro no es la paz. Hoy es todos los rostros que da el
cielo, el dolor provocado, la ceniza.

 



 

Del buen sentido
                                                   "...durante dos corazones por su vientre"
                                                                         Cesar Vallejo

 

Hay, madre, un abrigo donde puedo ser
aquello que antes sal bajo tu canto.
Una cuerda en el tenso mar de aire,
nuestro tiempo que se cuece en la única
habitación multiplicada porque el fin es ilusorio. Como no estas,
debo tomarlo por el peso viudo de su cifra, ajustarme cada duda al
nacimiento, tributarme el sol sin rostro que perdí bajo mi pena.


 


 

El abrazo

Me piensas en la noche de tu lluvia, te
escribo con un sol fugaz de sierra.
Pirotecnia en una fiesta que no
entiendo, este día se ha incendiado con
sus siglos y podría contarte las vigilias
que ha subido Dios hasta tu puerta. Si
amaneces, yo me escondo en
recipientes de agua calida, en burbujas
de sal, este plato de arroz que nunca será aquel. El insomnio de las
fotos, los trenes mirando cada océano. No hay hora que coincida
con tu tiempo, quisieron que mi sangre resbalara hasta tan lejos
del árbol, de tu boca contra el rió. Pero se que estoy leyéndote y
despierta te cansas en mis ojos. Darse vuelta sobre el mismo
abrazo. Tu frente aquí, mi pecho en vos, dormidas.

 


 

Ping huei

Canta. Arrugado al clavel negro de sin nubes, parase encima de un
alambre, adivina el intento y se pierde en la intención de ser
criatura. Confundido. De todas formas no debería ser así, ya tan
cercano, ya tan despierto. Los pájaros tienen su hora, sus ínfimas
transfiguraciones embebidas contra el sol. Esta tan feliz! Parece que
grita, que llora, la noticia debe ser importante si tiene que darla en
mitad de la noche con respeto de grillos que esta vez se callan.
Es un pájaro solo porque dice con trinos, porque alza dos alas y se
posa?
Acá, es esto un pájaro o llamarlo ping huei hace que el sonido
cambie y sea mas humano que mis ojos grandes?

 


 

Wu

En el oscuro calor de las frutas, hay
costumbres que antes no, tan intensas de avaricia o de paciencia.
Sus gestos, ella intenta, puramente equivocados.
La basura si los budas duermen, los recreos medidos,
inconstantes: hoy el piano ya no suena, se trabaja bajo lluvia,
o se corta cada cena con olores de la tarde.
Las cosas persiguen sus ardores, un impacto de agua tibia tras los ojos.
Ella tiene una planta, maceta roja, centro de mesa, porcion de sed.
Wu tiene seis hojas y memoria de campo. Sabe lo que pide el
silencio y la mira, solo debe mirarla como lava los pisos y escucha
tele, como llora su montoncito de dudas, hasta romperse.

 


 

Esa mujer sostiene de ambos lados
la memoria
patio aljibe de la luna

Como yo el mar de su río
Segismundos en la carcel de mi boca

Cuenta mis muertos en las islas y en la calle de mi barrio
Atrás del cementerio las manos del comandante
atándose las venas de las piernas

LO HE VISTO YO
Ella lo vive
Lo lee
Pregunta

 

Esa mujer descansa en mi pecho y piensa en esos novios que jamás han sido míos
Sino de la sangre y del inglés y de la nieve

Yo la beso en Lorca
Torquemada sal abierta
Cristo rojo sin domingos

Soy su poema más amado
Bésenme tus besos mucho más dulces que el vino

Hazme de nuevo hasta mi historia
                      
Es con esa mujer con quien camino.
El aire se deshace. Y la luna Banyeres Tablada

Las puertas de los templos
El beso de la noche DICE. AMA.

 


 

Sabiduría

Ahora escondo mi nombre bajo tu lengua de nieve, se de mi
tiempo alrededor del tiempo, una amante que gime y resucita,
como esos animales morados y tan vírgenes que se dibujan a si
mismos las garras y lastiman. Y las vuelven a borrar.

 


 

Respirar sin destino.
Tal como el agua que cae
Y cae.

Me preocupa no saber donde
estará mi corazón
cuando yo parta.

Como los pájaros que derraman las madres
en las blancas ceremonias de sus muertos:
Así, el deseo.

 


 

(a Clara Vasco)

Contemplo el agua silenciosa de las tazas de te.
Descansas la cabeza y me sonríes.
Precisare rozar tu cuello
con la respiración de mis manos?

 


 

Mudanza

Después de que lo trajeron se dio cuenta.
En ese instante no había forma de negarse o de mirar al patio,
hacia el mimbre que agujeaban las macetas. Ya estaba ahí, tendido
sobre la silla como una cuenta de luz o un deshabille doblado y tieso.
Cara mojada, golosina chueca, sin papel. La tele, unos tintitos. Muchos ojos.
Pero ninguno estaba atento, ni partido. Ana si. Para un plato mas llegaban, y no por la olla sino porque Julio estaba comiendo poco. Esa mudanza como un grito sucio y con tres al hombro. Y ahora esto. Lo vio como devoraba el caldo y mientras le hizo un huevo. Si el Tincho no ladraba ni le abrían la puerta. Con las manos mojadas tuvo que agarrar el recibo de Emilio. Y lo dio vuelta y lo leyó en voz baja. Una mano la abrazo por detrás, le saco el delantal y la beso en los labios. Esta vez si sabría como. Había mucho por contarse. Había mucho por llorar.


 

Seis de la mañana. Grados bajo cero y el sol que permanece pero sabe que no quiere y se levanta. Despacio. Detrás de las ventanas con termos hay un parque y una sombra avioletada de agua fría. Tiritar y agacharse. Ojos que rezan sin dios y alli se piden a si mismos otro día, otro sentido circular y diferente, circular, pero distante. Salir del paso. Pedacito de mimbre y girasol. Abrir el resto del mundo entre libros. Repetirlo. No alejarlo demasiado de su tinta. Guerra y palabra. Las seis y media. Puede ser que sea posible convencerse de la noche que ha partido y dormir. Tal vez el sueño de los héroes o en el año que se llega. En el hijo por tener. En la mujer de la casa silenciosa, un pincelito para escribir. Esas monedas que restan por contar.


 

Escualo y Biyuya, que el viento se arrima con olor de tripas.
Las manitos del vecino! La puerta quedo abierta. Le compraron el piano,
hoy lo trajeron y lo alzaron con seis cuerdas. Llueve sobre Tongling.
Hay que mostrarle tango a esta noche, que esas teclas se enteren de que existe una manera, una forma, una emoción que no se vive sin esa flor abierta y siempre roja. Que este piano no sabe, que no ha llovido hacia adentro, que no entiende de dos pechos que se bailan por amarse.
Uno a uno, los huevos crepitan en aceite nuevo. Cada quien con su sombra, con su dolor, con su pequeña memoria de alfalfa. Cada quien con su trozo de café y de calle, la que guarda en las fotos, la que no camina.
Sangre de pato en madera hueca. Alambres, la luz del patio y los suspiros.
Pero si suena igualito! , de arroz y crimen nuestra luna, como en Junín y Perón.

 


 

Ideogramas, fragmentos de películas, golosinas, cicatrices en colores de neón, los rostros siempre casi sonrientes, casi llorosos, casi serios, casi. Pero no. Trozos de una historia que no puedo llegar a leer. Libros. Muchísimos libros sobre el ciclo de la vida, la ceremonia de quemar papeles, dinero, ropa, camas, sillones y mesas simuladas, a la manera de los egipcios. Cuidar de la próxima generación pero no del día por vivir. Ser vegetarianos o comer cerdo y agobio, crear nuevas torturas o ser santos en vida, Marx y Jesús, maestros que lastiman a sus alumnos o les enseñan con dulzura y delicadeza. Todo unido, todo disperso bajo en mismo trazo de la tinta. Cuidar la Historia pero no el relato personal. El latido que se escapa. Erizada llevo el alma en un alambre con tormenta. Veo en la tele una versión de Frankenstein, un monstruo chino. Hecho de fragmentos, paginas de un diario que aprendió a leer sin ayuda del padre. Sin Padre. Recuerdo al loco de Bi jia Shan que hablaba con el árbol. Recuerdo a una persona que hablaba consigo misma y no podía escucharse. Recuerdo lo que decía del amor, lo que vivía. Cierta paz y fiebre en un enero. También a aquella que dijo que me amaba y a la que no pudo decirlo. Y a la que no pudo sentirlo. Fragmentos donde busco el corazón. Como Lorca, en el temblor del rio Hudson. Desmembrada, desmedida, como el vino y el aceite.



 

El comienzo

Fallo, tropiezo, me despierto tres veces al día y no duermo. Habrá que inventarse una manera, preguntar en el lenguaje de las manos, golpecitos detrás del mostrador, tonos purísimos, cuaderno rojo, lento, descalzo. Los baldes de sangre de pescado, el olor de saliva en el aire, la risa blanca, el sonido de la lengua, sensaciones que invalidan la memoria. No hubo antes así. No recuerdo haber visto el gusto en la pupila, ni en los dedos tengo el nombre de esta fruta, ni podría descifrar a que huele este color arrastrado hasta el azul sin hierros, sin agua, sin los puertos ni la tierra que en modestia estalla.
Un trazo al centro, otro cruzado en forma de boca, después, mas delgado y corto, el ultimo, el que da dirección a la belleza, punzante, abajo. El día niebla los zapatos y hay escobas de hueso en la pared que por ser parte de todos ahora es mía.
Cuento con los dedos hacia afuera, redimo con metal este bocado, no soy esta lengua aunque respire sus historias.
El pecho silenciado en una mancha que pido llegar a comprender.