CLEPSIDRA

No es moverse salir
De a dos en un abrazo
Y ver la alcantarilla
donde todo es pasado
tras la correntada.

Los hilos del cabello se trenzan
Con el rumor del agua
Caen, son la lluvia
Al pie del río
Agua nueva en el costa vacía.

Es la aguada del tiempo,
Se vuelca en la clepsidra
Para andar otra vez
De otra manera.
No es moverse volver.

 


 

TODO/EMPANADAS
          evento publicitario en la ciudad de Buenos Aires

 

Por qué me acuerdo ahora
del reportero gráfico,
el hombre que en la selva
pescando lo imborrable,
se encontró con Mantegna
en las higueras
como una breva de la vida
en un cadáver.

El escorzo del muerto
-Cristo echado-, se aparece
con los pies por delante
y los ojos abiertos:
el arte imita a la muerte
y la realidad al arte.

Y también es el arte
de la realidad la muerte
que baila en una esquina
enfundada en “la espuma”
del polietileno “de los días”
cuando las chicas y los chicos
empanados enfrente de los autos
gesticulan la música de las bocinas
y los motores sobre líneas de asfalto.

 


 

Carne picada a cuchillo,
para un ballet semáforo
relleno de cuerpos envasados
con los ojos ocultos en un pozo
de sangre. Los miro:
soy la vecina arrollada por el cruce
del ruido y el silencio,
acodada en el balcón como si fuera
la muñeca que anuncia el lavacoches
del garage de la vuelta de casa

y al fin, como Julieta sin Romeo
asalto lo inefable, la foto
de los cables trenzados
con los cinco bailarines hambrientos.
Cielo contaminado, el inalámbrico
susurro de las voces
entremetidas en la casa
donde duerme mi gata
como si un escorzo
con la cola enrollada
fuera mejor que mirar de frente.

Pero en la esquina el baile
que fabricó el escudo de motores en fuga
ha terminado en nada
y vuelve la figura del hombre acribillado
al compás de los años
como una fruta inexplicable
de una higuera seca, a destiempo.

 


 

JULIETA BAILA

Su nunca estar en tierra es perspectiva
de cabeza llevada por el río
haciendo plancha,
otra plancha más en el estiramiento
de igualar las tardes y los días
en la neblina de la playa.

La cabellera lacia:
el amor la sujeta
como un cordel y corre
transportando
la luz del cielo, la pálida
caída de otro mundo
salpicado en los ojos
moteados por gotitas
de sudor y de barro.

Cinta tensa de anguila
el pelo sostenido, lanceolado
en el agua rojiza.
Y los dientes
ocultos en el año, el mes, el día
(este fin de semana ¿estás libre?
¿habrá otro reino para heredar
en otra vida?).

Porque es llevada
como espuma de un río
que una fuerza solvente
distribuye en las ondas sonoras
fuera de tierra,
baila de otro modo
Julieta
baila.

 


 

ESPINA DE TANGO

A Silvina Ocampo

 

"Con él bailabas bien
porque ese hombre te domina", dijo,
y apretó mi espalda clavándome las yemas
de los dedos, los huevos frescos
en la sartén de achicharrase.

Estábamos gimiendo la gimnasia del tango
como quien arremete en su pasado y lo desploma
a gusto en la memoria
(esto sí aquello no). Y en eso

salió a correr por el pasillo la frescura del viento
en la galería del cuento de Silvina,
una mansión en el jardín donde
funámbulos, los niños se acurrucan
en el arrepentimiento del juego y la felicidad.

Planchar es mejor que no planchar
en compañía de un dominador acicalado,
pedaleando a compás del bandoneón
la carga de una máquina industrial
comprada en cuotas (la vida), me dije.

El ensartado en la camisa de poplín
-lava y seca en su cuarto de hotel, no hay problema-
se marchó despechado, fluorescente
mientras yo, sobrina nieta
De una asturiana planchadora
de camisas con tabla
en la Tierra del Fuego
seguía planchando. ¿Será posible?

¿O peor que
planchar será bailar con el hombre
que se clava sobre la espalda de la mujer
para sentir su propio corazón, me consolé,
pecho con pecho, apechugando?

Pero... ¿dónde habrá quedado
el hombre? ¿el corazón?
¿En qué esquina de la lírica popular subsiste
un arrepentido que se estrella al caer del tercer piso
en su entusiasmo ciego, sin farol de mano,
sin perro al pie, sin planta del pie?