Gritar mis aciertos y desiertos,
mi aurora, mi ocaso.
Estrujar la garganta con hilos de nubes
o enjambre de sedientas agujas.
Que no retorne el eco, que no se bifurque el sonido.
Gritar de pie, con mi cetro, con mi vagabundo
despojo.
Gritar ante águilas aguerridas
o ínfimas campanas.
Gritar y ser hormiga, neón, disfraz,
sucumbir ante mis absurdos, clonar mis odiseas y
que estas sean eternas proezas.
Gritar con el silencio,
con todo mi humo, con el negro alquitrán,
despojarme de la ira y ser viajero errante.
Gritar gritando todo,
gritando nada
hasta que resurjan las palabras que olvidé.
Despliego mi voz, empiezo a ser libre.

 


 

Hermano
la casa sigue buscando rincones de luz.
Maltrechos tejados rasgan el velo lunar
de lejanas añoranzas.
Si vuelves, búscame en la hamaca del patio
donde quedaron ilesas antiguas inocencias.

Hermano
el camino sigue difícil y empinado.
Las viejas carretas circulan con los abatidos obreros.
En el cielo hay barriletes
con recuerdos legendarios.
Si vuelves, te espero en esta hamaca donde quedan aún
nuestras risas inconclusas.

Hermano, si vuelves torturado y perdedor
estaré en el portón aguardando los pasos.
Si es que no puedes retornar,

si tus sueños aniquilaron,
si desapareciste tras un manto de ironías,
seguiré esperándote en la vieja hamaca
donde no existen los olvidos.

 


 

Ella la muerta.
Sube al colectivo,
baja,
aparece,
se esconde,
percibe,
se mutila, trabaja de día, de tarde,
de noche lava, plancha,
se prepara para el otro amanecer.
Pálida sucumbe,
respeta,
no levanta su voz
se peina -nunca se despeina-,
cede su asiento,
reza mucho -cree poco-,
no llora,
no ríe.
Ella la muerta
que no ama,
que no siente,
que no grita,
la que nunca nadie miró,
la que nunca nadie soñó,
que no tiene niños, gatos
ni jazmines.

Ella es la muerta que camina sin lápida.

 


 

Ahí

donde juego a la rayuela
y con mis hermanos nos escapamos al río
a embriagarnos de fábulas.
Donde a lo lejos diviso todavía
al indómito tren de aquella estación.

Ahí donde nazco y perezco
según otoños que encarcelan octubres,
donde la música del viento
me recuerda aquellas calles, aquel pueblo.

Ahí donde no hay almanaques
y conservo aún los ojos tristes de mi perro.
Donde el circo luce su carpa reluciente,
donde salgo al recreo
donde me invaden perfumadas mandarinas.

En ese lugar donde tener memoria duele,
los muertos parecen latir
sin vejez, sin andamios.
Donde habitan también tantos desamparos,
niños de cartón, mujer desgarrada.

En ese lugar donde hay un país vencido y mutilado,
palomas bombardeadas,
clausuradas plazas, iglesias infames.

En ese lugar,
ahí, en mi paisaje de adentro,
mi casa aún es refugio
                mis manos palabras.                      

 


 

¡Escucha...!
          ladran los perros.

Mi hijo muerto
me llama en la bruma.

Inmóvil
        sangra mi útero.

¡Escucha...!
         gimen los perros.

 


 

Has caído sobre mí
y te impregnan tantos exilios
que olvidas mi voz
implorando besos.

Has reposado tu abrazo
sobre mi cama
y te inundan de pronto
tantos desamparos.

Has aspirado el néctar
del impiadoso invierno
y huyes denunciando tu derrota
                                                  y la mía...

 


 

De pequeño me decían
-no vayas al río-
que puedes morir.

Yo me sumergía en profundas odiseas,
nadaba entre espasmos tórridos
y gemía en el agua.

Buscaba cada vertiente
y cuanto mas profundo
el limite líquido-aire
traspasaba mi cabeza inquieta,
más brincaba mi corazón,
más estallaba mi sexo.

De niño me decían cuidado con el río...

 


 

Hombre de suburbio simple
te grito esta sentencia
de harapo y licor.

Tengo una nada tan llena de nada
que inerte este corazón
simplemente late/explota.

Deja que en mi rebaño
se acurruque el lobo.

Dame tu veneno.

 


 

Horizonte
inundado de llanto.

Tejas que sufren
dolor de escarcha.

Puertas al abismo,
ventanas al muro.

Mi corazón
es una casa vieja.