Abrir la puerta

me pregunto
y es una pregunta inmoral
si servirá de algo abrir esa puerta
que da al patio
a la tierra
al viento del mundo
a los pasos de la gente
me pregunto
si servirá de algo escribir
a estas horas de la noche
en el silencio de mi habitación
con la puerta cerrada

sería tan sencillo
me digo
abrir por fin la puerta
y asomarme y mirar
dejando que me lleven
los pasos y la sombras del camino
me pregunto si servirá de algo explicar
por qué no explico
cuando tanta palabra y confidencia
intentaron traducirme
y ponerme al descubierto

si servirá de algo abrir la puerta
me pregunto
y andar por el patio
por el mundo entre la gente
abrir de par en par la puerta
para que todo pueda cumplirse
como la hoja de un cuchillo al extremo de un puente
como la red y el roble que salvan la alegría al final del espectáculo
como el canto de las aguas y el susurro de la siesta
como la playa en sombras y el lecho infinito de los amantes reencontrados

para que todo pueda cumplirse
la luz la noche la inocencia
el nombre que pasa entre las ramas
la puerta se abrirá enteramente
se abrirá por fin la puerta
por si alguno
quiere volver a entrar o salir
o curiosear entre mis cosas
o esperarme mientras vuelvo
y si tardo y no regreso
salir al viento
y olvidarme



En El día, 1968
Luis Soler Cañás, Generación poética del 40
Buenos Aires, ECA, 1981



 

Fidelidad en la encrucijada


En el sol alto, sin ostentación ni impaciencia, se prolonga tu camino. Serenidad del ignorado: Una emersión impura te salvará en cualquier hombre.

Ese relámpago que hace posible la fraternidad, tanto en la dimisión como en la inocencia y la esperanza, es una de las propiedades de la poesía. Pero nada autoriza al poeta a darle nombre definitivo y menos aun a convertirse en el profesional de su dicción o su descubrimiento.

Usura del alucinado. Este mundo es tuyo indudablemente. Pero sólo existe en tu desprendimiento. El poeta, testigo de su propia existencia, coexiste con el mundo.

Todo poeta sabe que la palabra no es instrumento. Es vida con los demás. Y en común. Soledad común. La declamación y la ortopedia de espíritu quedan a sus márgenes. Imposibilidad, por lo tanto, el poema fabricado de acceder a la tierra de los hombres, de alimentar su viaje.

Quehaceres de la poesía: hacer innecesaria toda justificación.

Toda ayuda menos la retórica de la pureza y la organización de los elegidos. Es preciso intercambiar a la intemperie nuestras señales de reconocimiento con las cosas y con nuestros hermanos.
Arriesgar la incongruencia para conocer tu realidad, la realidad de los otros. Lo más opuesto a tu fluir propio es la adopción de certidumbres de superficie.

Finalidad de las apariencias. A mitad de camino entre la concesión y la protesta, expuesto a todos los excesos de la ingenuidad y el cálculo, este amigo verdadero, este amante fiel, este lúcido conocedor, es confundido a menudo con sus enemigos: el Narciso, el borracho y el inconsecuente.

Forzosidad de una voz, de un hombre real en la encrucijada, sin desprecio ni excesiva consideración por los márgenes. La incandescencia de la palabra -su logro mayor- es función de los ademanes silenciosos, a menudo ignorados, del nadador sobreviviente y fraternal. Poesía -modo de nadar, de estar presente, ajena a las retribuciones del espectáculo. Poesía hermana en la soledad y el olvido. Poesía- esperanza viril entre los hombres.



En La vigilia y el viaje (1949-1955)
Antología personal
Buenos Aires, CEAL, 1983


 


 

El casamiento

falta poco para el casamiento
si fuera como antes no es que pretenda explicarlo no estoy contando nada un día cada uno sabe en estos días presentarse en estas horas como si fuese cada uno cada uno para toda la vida y saberlo te felicito ahora empieza de verdad empieza el sueño otro me vuelvo al sueño al uno del todo
de golpe gracias
porrón rastra compañía encontré lo que buscaba
cuesta un testón el viaje el día en que te conocí me
doy cuenta a mediodía hay un momento en que todo
está bien las calles el trompo bajo la lluvia
mucho más como tus manos como la siesta
el sol castiga tus rodillas el empedrado
cuesta un testón este viaje esta medusa
ida y vuelta
a orillas del mar una amatista un ciervo
un brasero a orillas del mar
un hilocarril y luego la puerta tallada el incensario
cuesta poco subir cuesta bienteveo
miró de nuevo la calle
miró el porrón vacío
todo está igual
como en tiempos de
con olor a desinfectante
a polvos de arroz

y azúcar quemada y canela
el casamiento
mis espaldas mi juventud
me voy en serio
hay pocas oportunidades para un hombre así
el coronel que no sabía
años pasaron el lenguaje de los dioses
¿por qué te casas conmigo?
caían lentamente cada uno en la vida secreta
esperas demasiado de la obediencia de un hacha
de un arpón
falta poco para el casamiento

 

En Nuevos poemas 1977-1981
Antología personal, Buenos Aires, CEAL, 1983

 


 

Los desiertos reales

los desiertos reales
los mares imaginarios:
no hay palabras para elogiar a esta magnolia
tampoco hay forma de destruir las palabras
ni el oficio de florista

(guarden compostura:
en la soga de colgar se agita la flor blanca)
una tez de flores de cerezo
la última gota de sangre
los desiertos reales
los mares imaginarios
no pueden compararse a esta magnolia

 

En Nuevos poemas 1977-1981
Antología personal, Buenos Aires, CEAL, 1983

 


 

Me doy cuenta



ahora que viví entre dos labios
ahora me doy cuenta que no es nada
que no es nada cantar cuando se han ido
que no es nada tanto ambiguo color tanta pereza
pisar mi ambigüedad mi gallo insomne
equivocar mi bandera y mi osamenta
ahora que viví oculto abajo
ahora me doy cuenta que no es nada
mirar hacia el fondo si ha quedado
la muerte al fin trajeada de ambrosía
ahora que viajé de noche solo
y subí de un salto a la colina
ahora me doy cuenta que no es nada
pensar que mañana o que pasado
me doy cuenta claramente que no es nada
que no es nada el desamparo y la volanta
que no es nada no haber visto
haber quedado en tanto imaginar y no haber sido
ahora me doy cuenta que no es nada
ahora que miré a mi hermano cara a cara
y le vi el perdón y la pobreza
me doy cuenta claramente que su avío
que su modal su lucha se despegue
anuncian por estanques y por cuartos y burbujas
la prenda venidera el duro filamento de ser hombre

 

Extraído de Antología personal
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983

 


 

Es infinita esta riqueza abandonada

esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro
cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas
distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza
abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha
extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos
islas remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de
todos de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza
abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas
vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas
veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío
no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza
abandonada.

 


 

Reconquista

1
esto lo digo por el flamenco y el polen
por el aire
por el viaje
que de tanto recorrer
y desandar
se me ha vuelto pan todo romero

2
si estoy o no estoy
(quimera verdad campana)
lo mismo da
para el mar y la araucaria

3
avanzan las sombras y las luces
poco a poco
en la bahía
¿estoy despierto?
¿juego mal?
¿elijo bien la flor de mi destino?

todo es igual
victoria o exterminio
igual al fondo de la gruta

 

4
la casa la partida
el comején la duda
y engaño altar portón estría
nada importan al topo y al orante

5
florecer florecer
una y otra vez
en la tormenta
agridulce escozor
molienda diaria
todo sirve

6
en este salir entrar
en este incendio
ni esparto ni exorcismo
ni manantial

ni cuenca taza
ni escafandra:
sin auxilios
nada más que el rumbo cierto

7
¿pero en qué ribera
hachón
o salamandra
surgirá la fe o la pregunta?

8
¡qué difícil el rostro
el ademán
la altura!
¡oh qué bueno es estar
de verdad
en todo instante
conservar el bastón en la borrasca
aventar la duda
la señal aciaga
madurar
cobijar la adormidera
inocencia y vigilia en una mano!

9
volver
entonces volver
al sueño
al mediodía
y dejar que convivan los jazmines
con los ojos de buey y los lagartos

10
dejar que un rostro oval
un piano
la sentina
surjan de improviso
en la negra muralla embanderada

11
esto veo lentamente
reconozco el monte y el camino

 


 

Al Conde de Lautremont

al que ha dejado abierta la mirada de seda del pulpo
el ojo saliente del sapo y el higo comedor de asnos
al que fue hasta el extremo de la sangre donde hierve la inocencia
y rescató la bujía del sueño y la cuerda tensa de la libertad

un cielo de cabellos mojados
una noche de alabastro
un buey rojo de alas batientes
un arriate de leña y carbón
una marsopa ocular
una ciudad resucitada

al que ha dejado abierta la herida del vampiro aullante
las garras y los órganos chupadores
los reinos flemáticos del viejo océano
las quijadas del tiburón y ls entrañas acuosas de la raya

un granero con todos los nombres del mundo a la luz de la luna

una caracola de inocencia
un encanto lúcido después de la fiebre
unas pupilas de sol naciente
un golpe de tambor al extremo del punzante azul
al que ha dejado abierta la larga cicatriz sulfurosa
la boca cuadrada de baba oscilante
la lámpara sumergida con alas de ángel
el vientre de la araña de donde emergen dos adolescentes vestidos de azul

un estallido de naipes
un lecho de ondas claras en todas direcciones
un puerto sin solapas para abordar ensueños
un alfabeto de puertas
una llama de ojos azules
al que ha dejado abierta la esperanza vencida renaciente
la sorda ciénaga la inmensa esquimosis sobre el cuerpo de la tierra
y la crueldad recorriendo como un cometa aterrador
el espacio sanguinolento

un trompo ardiente que flota en el lago a medianoche
un domador que avanza con su ojo de humo
un rosario de espejismos en una cajafuerte
un verano sin fronteras que aniquila a los guardianes
la tea de los jueves que abre todas las puertas

al que sostuvieron los vientos los arrebatos de cólera y las enfermedades del orgullo
la gota de esperma y la gota de sangre
que corren lentamente a lo largo de las secas arrugas
y el pedestal de gigantes acuáticos en el vientre vacío

un cielo en pie que almacena nuestras memorias
el amor oculto a la vera del camino
un atardecer un rastro de plumas y de hocicos
una infancia rescatada liberada extendida como una risa un zumbido un arco una espuma
un fruto un cráter un nido una aurora una rama en la constelación de nuestro sueño

porque al fin

la eternidad que brama como un mar
distante se aproxima a grandes pasos

 

 

Extraído de Antología personal
Buenos Aires, Centro Editor de America Latina, 1983

 


 

Cambio de estación



los ruidos de la calle
tan diversos
la agitación del follaje
de los árboles cercanos
el ir y venir de las hormigas
el fin del verano
ponen un orden nuevo
en el peldaño
el estribo
en la cabellera de la noche

un balcón entreabierto
la luz crece como un río
rodando por escaleras
es el primer paso del sueño
en la fogata lejana

un hombre camina solo
se detiene a ratos
observa
escucha una risa
la fiesta está por comenzar
y baila finalmente
con la mujer que lo llamaba en sueños
en la luz y el aire
y en la noche despierta

 


 

Biografía: 
UNA DIFÍCIL ESPERANZA
por Rodolfo Alonso
A la memoria de Edgar Bayley, que llegó a ser ejemplar sin proponérselo.

¡Viva la inteligencia! ¡Muera la muerte! Esta significativa inversión de aquel siniestro apotegma ("¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!") con que el no menos siniestro general Millán Astray, allá a comienzos de la sublevación franquista contra la legítima República española, llegó a provocar en Salamanca la justificada y saludable reacción de todo un Unamuno, que me hallé silabeando un día casi por azar, llegó a parecerme luego, además, y sin perder por supuesto aquellas otras resonancias, casi la más cercana definición, el más claro linaje de esa vida y esa obra que podemos seguir llamando Edgar Bayley (1919-1990).
Porque si algo lo caracterizó, como intelectual y como artista, fue el ejercicio de una meridiana capacidad de raciocinio, de una luminosa claridad de pensamiento que, casi desde un comienzo, y de una forma quizás orgánica, constitucional, innata, siempre estuvo vigilada en sus posibles desbordes, en el entrevisto, imaginado o temido riesgo de sus posibles carencias y excesos, por un hondo y fundamental apego con la vida, por una fecunda riqueza existencial.
Claro que a ello deberíamos añadir, si es que quisiéramos ir precisando su retrato para quienes no lo conocieron en persona, una no menos orgánica aversión por la solemnidad y la grandilocuencia, por la autosuficiencia y la falta de sentido del humor, que lo llevaron a manifestarse siempre y no pocas veces hasta con exceso, pero con dignidad indeclinable, pagando su precio, como ajeno a toda componenda, a toda manipulación, a todo conciliábulo. Por eso, ahora, cuando la muerte, como suele ocurrir, va dejando a las obras cada vez más distantes de la existencia concreta del autor, va colocando a los textos directamente en primer plano, alejándolos cada vez más de las anécdotas que pudieron darles sustento o cauce, espero que se presente para nuestra cultura una inmejorable oportunidad de acceder, sin prejuicios ni malentendidos, a la luminosa y fecunda fuente de rigor y candor que representa, en la historia de la literatura argentina, la personalidad y la palabra de Edgar Bayley.
Cuando el destino tuvo a bien colocarme, allá en mi primera adolescencia, a fines de 1951, en contacto con "Poesía Buenos Aires", aquella legendaria revista argentina de vanguardia que sin su fundador y principal mentor, Raúl Gustavo Aguirre, nunca hubiera llegado a cubrir con sus treinta números trimestrales la entera década de los años cincuenta, la presencia de Edgar Bayley se presentaba ya en aquella constelación, en el grupo más o menos estable que se había ido conformando, como un astro a la vez central pero con órbita propia. Si por un lado se aceptaba abiertamente que la aparición, en 1944, del primer número de la revista "Arturo" y, al año siguiente, 1945, la constitución de la Asociación Arte Concreto-Invención, donde confluyeron los más despojados y rigurosos exponentes de las artes visuales y del lirismo, los pintores concretos y los poetas invencionistas, resultaban de algún modo las fuentes de nuestra genealogía, también es verdad que, al mismo tiempo, la evolución personal de Bayley y de la gran mayoría de los más asiduos participantes de "Poesía Buenos Aires", iba a irse alejando por propia maduración, por propia deriva de su ser más legítimo, de cualquier ortodoxia, del más mínimo asomo de dogmatismo. Porque si los concretos y los invencionistas ponían el acento con riguroso énfasis en la "no expresión, no representación, ningún significado" pero también en la "alegría" y en la "negación de toda melancolía" (como reza ya explícitamente la primera página de "Invención 2" (1945), en el mismísimo primer número de "Poesía Buenos Aires" &quien, al concluir un pequeño suelto denominado precisamente "Invencionismo", se preocupa por aclarar que esa designación se realiza "sin insistir demasiado en ello y a título provisorio". Y al culminar su "Realidad interna y función de la poesía" (ese texto que "Poesía Buenos Aires" reimprimió como folleto el mismo año de su publicación en dos números de la revista, 1952, y que luego iba a dar título y ocupar el lugar inicial en su primer libro de ensayos, homónimo, de 1966), decía más que claramente: "he querido poner el espíritu crítico al servicio de la inocencia". Y muchos años después, al reunir nuevamente sus ensayos en "Estado de alerta y estado de inocencia", de 1989 -por otro lado, un título suficientemente esclarecedor-, seguía afirmando: "No se gana la poesía desertando de la inteligencia; no se gana la inteligencia desertando del fervor, de la inocencia, de la poesía misma." Yo creo que, aún ahora, y mucho me temo que cada vez más (al menos hasta que no dé un vuelco en alguna medida favorable la situación que nos aflige), esos conceptos continúan teniendo espléndida vigencia. Todavía esas palabras a la vez nos exigen y nos nutren, nos convocan y nos cimentan, son nuestra esperanza y son, también, al mismo tiempo, ineludiblemente, nuestro desafío.
Se trata de una actitud que él iba a mantener a lo largo de toda su vida y que, de algún modo, como en todo creador raigalmente auténtico, nos contagia las tensiones que fecundan su obra. Tensiones que, en su caso, no eran por supuesto solamente intelectuales o mentales sino que -estoy prácticamente seguro- se desprenden de su propia, peculiar, irrenunciable manera de ser y de encarar la vida. En las primeras líneas del prólogo que escribió para su "Antología personal" (1983), dice Bayley: "No voy a aducir, para descargar responsabilidades, que he procurado adoptar un punto de vista poético, tanto para vivir como para manejar las palabras, y que de ese intento o propósito se deriva el modo como he vivido y he escrito." Pero es evidente que el sólo hecho de mencionar juntas a la poesía y a la vida, como era habitual en él con todos los recaudos personales del caso, y de mencionarlas en ese preciso lugar, les otorga una destacada significación.
Para mí, que tuve la suerte de conocerlo desde muy joven, resulta por eso y por lo menos inquietante esta oportunidad de presentarlo a otros. A otros que, si bien son sus legítimos destinatarios, esos apasionados y exigentes lectores con que él siempre imaginó estar dialogando, para quienes siempre sintió estar escribiendo, aunque en su vida todavía no hubieran alcanzado el número merecido, no tuvieron (como quienes frecuentamos su trato) la oportunidad de ser influidos en la percepción de su obra por su peculiar estilo, por su inocencia disfrazada de ironía, por su buen humor jamás exento de inteligencia, por su saludable desasimiento en suma de toda impostación, pero también por sus sorpresivas mudanzas de genio o de carácter, por su despierta ironía, siempre aguda pero jamás agresiva, y mucho menos siniestra. A ellos, a esos nuevos, muchos y bienvenidos lectores siento que puedo decirles, en cambio, que esa manera de vivir es la misma que guió su manera de escribir. Y que, por lo tanto, como él mismo nos lo dejó dicho una y otra vez, la misma luz de una ética de la inteligencia y de la más exigente fraternidad iluminó a la vez su conducta y su producción, su vida y su arte. Y que sería tan absurdo proponerse escindirlas como permitir que sus anécdotas e incluso su leyenda, con ser tan verdaderas como auténticas, nos impidan percibir la rigurosa claridad de su lirismo y de su talento, nos opaquen la limpidez de su luminosa inteligencia.
Cosa en la cual él mismo, bien lo sé, es responsable de lo suyo. Algo me dice que fue su innato pudor pero también su profundo pundonor, su certidumbre de que se debía ser exigente pero sin caer en la solemnidad, su apuesta casi innata por la vanguardia y la bohemia antes que por el conformismo y el orden establecido, lo que le hizo comportarse, manifestarse siempre de tal manera que fuera imposible canonizarlo, sacralizarlo, idolizarlo. (Como alguna vez puntualizó Raúl Gustavo Aguirre con respecto a "Poesía Buenos Aires", también de Edgar Bayley podía decirse -sin el más mínimo temor a equivocarse- que "tendrá a bien no devenir institución".) Intuyo que ésa fue, quizás, desde siempre, la lucha de su espíritu por lograr que la potencia de su raciocinio no desecara las fuentes frescas de lo vivo. El eligió mantenerse, firme, en la tierra de nadie. Que no es en absoluto un lugar cómodo o, mucho menos aún, de privilegio: "Tierra de nadie, aridez del rechazo propio. Rechazo de los otros, sangre del desamor. Dominio del cuidado. Estrategia del desprecio."
Y ese combate, esa contienda tal vez consigo mismo pero también con otros, y con otros valores, implicaba siempre en la irrecusable libertad del arte una responsabilidad ética, individual y social, de algún modo inmanente pero que se hacía explícita en gestos concretos. Y que no siempre fueron percibidos pero que hoy, precisamente, en estos tiempos de desidia y de desdén, deberían volver a ser calibrados, en primer lugar por quienes se proponen ser artistas o escritores.
Ya al comienzo de su trabajo sobre Oliverio Girondo, incluido en su segundo libro de ensayos (1989), Bayley destaca en primer lugar "la evocación de su jovialidad, de su humor". Es algo que a quienes lo conocimos no deja de hacernos sonreir, porque de inmediato nos hace acordar de la propia jovialidad, del humor de Edgar, que era proverbial y permanente. Un humor que en él rondaba siempre los límites del escenario, y que no sólo iba a manifestarse en su propia producción teatral sino, también, en la concreción y en la encarnación de ese singularísimo y funambulesco personaje, el Dr. Pi, ¿en cierto modo un alter ego?, cuyas aventuras él se solazaba en representar vívidamente cuando tenía ocasión de leerlas en público. (Y al pensar en esto no puedo dejar de citar, aunque por aquel entonces no fuera santo de su devoción, a Raúl González Tuñón: "que todo en broma se toma. / Todo, menos la canción.", un límpido concepto sin duda revelador y que resulta tan justo, tan nítido precisamente en relación con alguien como Bayley.)
En nuestra literatura ha habido casos de altas personalidades un poco por suerte fuera de lo común, que a los ojos de la mayoría han sido enmascarados en su dimensión más honda, en su verdadera dimensión, incluso por su legítima excentricidad. Hubo, por ejemplo, una época en que Macedonio Fernández o Juan L. Ortiz no eran recordados sino por sus anécdotas. Todos sabemos que eso no es nada más que la apariencia. Y aunque los trascendidos, los sucedidos, las circunstancias sin duda extraordinarias de la aparente vida cotidiana, son parte fundamental, importantísima en la existencia de cualquiera, y también por supuesto en la vida de los artistas, sobre todo de artistas como el que aquí nos convoca, siento el temor de que con él nos pase también como con aquellos significativos creadores, y nos quedemos en la mera superficie, nos quedemos en las anécdotas, por divertidas o significativas que sean, y no lleguemos a percibir la hondura, la profundidad, la originalidad, la trascendencia en el mejor sentido, que tiene la personalidad, la obra y la vida de Edgar Bayley. Por ese motivo voy a tratar de prescindir de las anécdotas, para ver si podemos enfocar la cuestión desde otro punto de vista. En la constelación constituida por el grupo reunido durante la década de los cincuenta alrededor de "Poesía Buenos Aires", como dije, si Raúl Gustavo Aguirre es el astro fijo que le da coherencia a todo el sistema, Edgar Bayley constituía una presencia que, sin estar muy cercana, sin ser de los íntimos que se reunían cada semana, se nos hacía presente permanentemente aun sin estarlo. El tenía otros círculos, otros movimientos planetarios, otras elipsis, otras parábolas para movilizarse, nunca se comportaba digamos de una manera normal, en el sentido directo, él procedía por alusiones, por entradas imprevistas, generalmente desde atrás, por apariciones repentinas, por olvidos, por presencias insólitas, por papeles olvidados que sin embargo para él eran fundamentales, nunca se comportaba de manera convencional, en el sentido incluso administrativo del término.
Su capacidad de raciocinio hondísimo, y al mismo tiempo sutilísimo, su capacidad de predicción, de anticipación, su capacidad de ver antes de tiempo cosas que iban a ocurrir después, convivían en él, al mismo tiempo, con una profunda modestia, no sólo personal, sino también intelectual, artística, una modestia de raza. No es casual, y tampoco es habitual en nuestra vida artística, que alguien que había llegado a ser no sólo jefe de escuela sino también el exigente teórico de un movimiento poético que, como el invencionismo, acentuaba en términos casi inimaginables la rigurosidad y el desprendimiento de todo lo accesorio, de todo lo que no fuera esencial para su estricto sentido del lirismo, se ponga a sí mismo reparos. Y esto es muy importante porque ya entonces se manifestaban allí esas dos características de Edgar Bayley que me parecen muy llamativas: su capacidad de razonamiento -muy profunda- y, al mismo tiempo, su capacidad humana de ponerle un límite, humano, a esa rigurosa inteligencia. Así ocurre cuando, en el último número de "Poesía Buenos Aires", de la cual llegó a ser codirector, publica uno de sus lúcidos ensayos "Breve historia de algunas ideas acerca de la poesía", algo así como un balance o un análisis de sus propias teorías, que van evolucionando a lo largo del tiempo, en el sentido de ser cada vez más amplias y cada vez menos rígidas ("no creo, en modo alguno, en la superioridad estética de los caminos insólitos"). Pero, al mismo tiempo, manteniendo lo que tenían en el fondo de renovadoras, y sin poner el acento exclusivamente en lo formal, cosa de la cual por otro lado se había cuidado casi desde un comienzo: se habla allí, con claridad, de la garantía del "no poder hacer otra cosa" pero, también, lúcidamente, "de la jerarquía de esa forzosidad".
No se trata entonces del caso, por demás remanido y habitual, de aquellos que en los tiempos de su madurez claudican o reniegan de lo sostenido durante su juventud. Más bien, aquí, se trata precisamente de todo lo contrario. Y, en consecuencia, de algo por desdicha muy poco habitual en nuestras letras. Un gran artista que es también un lúcido, riguroso intelectual y que, desde un comienzo, aplica sus afinados instrumentos de juicio y evaluación a sabiendas, aceptando expresamente que se trata de una materia que, como la vida misma, no sólo reconoce sino que ama por ser precisamente imprevista, cambiante y mudable. Y que, como buen fabbro, no se obnubila en abstracciones: "Porque no creo que haya experiencias poéticas inefables, experiencias que se queden a mitad de camino y que no lleguen a las palabras."
Bayley es sin duda uno de nuestros grandes, de nuestros más límpidos poetas, pero es también uno de los ensayistas más lúcidos, más transparentes de la literatura argentina. Reléase por ejemplo "Realidad interna y función de la poesía", y podrá verse la capacidad de captación que implica, no sólo su conocimiento de la evolución de la poesía occidental sino también la forma en que logra detectar, dentro de ese vasto panorama, una serie de momentos precisos, nítidos, lúcidamente percibidos, que tienen que ver con cierto uso del lenguaje, con la metáfora, con la imagen, pero también por supuesto con su peculiar intuición del lirismo, y que si van obviamente hacia sus propias teorías iniciales no concluyen sin embargo de manera absoluta en ningún dogma.
Yo experimento con respecto a Edgar Bayley, y como me ha ocurrido no pocas veces en la Argentina, una sensación de derroche. Porque su obra, una obra que ha sido escudada por él mismo de la estolidez y de la vulgaridad con esta distancia, con este humor entre blanco y negro, con esta saludable antisolemnidad, con esta sonrisa sardónica, con esta autocrítica no diría feroz pero sí firme, permanente (que por otro lado era como vimos una práctica bastante común entre quienes lo rodeábamos: no solemnizarse, "no devenir institución"), en su propio país no ha sido aprehendida aún en lo que tiene de esencial y de nutricia, no ha sido digerida, no ha sido vuelta cultura, alimento vivo para todos. Todavía hoy, legítima victoria, como pudo decir Valéry de Mallarmé, sus poemas siguen siendo a lo mejor secretamente escandidos por solitarios jóvenes -o maduros- devotos en cada rincón de nuestra tierra. Y hasta puede ocurrir que aquella misma barrera autoerigida por él contra la solemnidad estupidizante conspire aún ahora para que no se tenga, donde corresponde, mayor conciencia, conciencia clara de la verdadera dimensión estética e intelectual de Bayley. (Lo cual, por cierto, como siempre, a él no habría de preocuparlo mucho. El supo siempre que, si bien "nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada", también existen motivos para confiar en que, finalmente, "otros verán el mar".)
Hombre de amplios y profundos intereses, no es desacertado sostener que la poesía fue, con mucho, el dominio fundamental de su vida y de sus preocupaciones. Pero no sólo la poesía escrita, en esta y otras lenguas, y por lo tanto su traducción, sino también la reflexión sobre ella, ligada siempre con una experiencia particular, concreta ("contigo estoy / es mi argumento / no puede traducirse"), y no con meras generalizaciones, y también la poesía del teatro y la del humor, y por supuesto la poesía de las artes plásticas, de las artes visuales, que como vimos estuvo unida con sus mismos orígenes, así como una concreta preocupación por las relaciones entre arte, cultura, sociedad y política, también ligadas a sus primeros momentos, en el especialísimo contexto de la lucha mundial contra el fascismo y por la democracia, que de algún modo continuaron siempre presentes, signándola, a lo largo de su vida. Que su escritor clave, su referente no sólo intelectual o de arte sino también de vida y de moral haya sido desde siempre Guillaume Apollinaire, con el cual yo intuyo se sentía incluso hasta identificado, nos habla de su sensualidad mediterránea, de su gozoso paladeo del lenguaje y de la belleza, inmersos en una visión solar y luminosa del mundo y de la vida ("no puedo decirlo de otro modo / vendrá un día vendrá un día / una mañana / y todo será muy claro y muy despierto"), que en Bayley reflejan casi explícitamente tanto títulos de sus libros ("El día") como de sus poemas ("El cielo se abre", "Una verdad al extremo del cielo", "Un sentido iluminado y abierto", "Mediodía", "Transparencia"), y que frente a la opacidad cuando no a los siniestros desmentidos del mundo real, no dejó de mantenerse siempre, incluso en comunicaciones personales, íntimas, lo que demuestra sin duda un persistente arraigo, como su irrefrenable adhesión a "una difícil esperanza".
El tenía una idea tan profunda de la libertad del artista, tan orgánica, tan visceral, que cada día se vuelve más emocionante y cada día resulta más deseable imaginarla habitual entre nosotros. Jamás se presentó a un premio literario, si revisamos su bibliografía veremos que prácticamente todos sus libros fueron editados en forma ajena al circuito comercial (muchos de ellos con el sello de "Poesía Buenos Aires" y por inspiración directa de Aguirre, y uno incluso mediante ese embrión de cooperativa de autores que bautizamos -no por cierto sin firme ingenuidad- Fondo de Escritores Asociados), nunca ejerció jamás las relaciones públicas, nunca permitió que hubiera promoción, ni mucho menos marketing, no hubo nada de eso. Pero lo que sí hay, todavía, nada menos, es el acaso derrochado pero de todos modos disponible, indeleble ejemplo de una honestidad artística, intelectual y humana que cada vez resulta, entre nosotros, por desgracia, y aunque silenciosa, más estruendosamente llamativa. Partiendo de una inteligencia que como dije era absolutamente meridiana, desde un comienzo se percibe asimismo una convicción de que la inteligencia resulta necesaria sí, pero no suficiente, de que la razón no es suficiente. En las propias palabras de Edgar Bayley podemos encontrar manifestada una y otra vez esta aparente contradicción entre esa razón que se sabe luminosa, clarísima, razón sutil y, al mismo tiempo, también la conciencia de que hay que tener cuidado con esa razón, que no hay que dejarse manejar totalmente por esa razón, que hay algo más que esa razón. Si existe alguien a quien Edgar Bayley quiso y admiró como creador es sin duda, como dije, Guillaume Apollinaire. (Lo cual era, por supuesto, compartido. No es casual que el título que se eligió para la colección publicada por el mencionado Fondo fuera "La razón ardiente", una cita del bello poema "La linda pelirroja".) El talante de Bayley nunca fue magistral, apodíctico, ejemplarizador, sino más bien todo lo contrario. Si algo nos transmitía era por ósmosis, por contagio, y me animo a creer que su relación con Apollinaire era también, en gran medida, similar. Tanto que, a veces, llegué a pensar si no se había posesionado, en cierto modo, de él. En el prólogo a la primera edición de sus ensayos (1966), él concluye afirmando: "La capacidad, por una parte, de negar toda salida en este o en cualquier mundo, de rechazar los valores y la ideología del conformismo y el miedo, de asumir en suma, hasta sus últimas consecuencias, la rebeldía y la desesperación, y, por otra, la voluntad de no disolver la propia voz en el desprecio y la agresividad, de afirmar una difícil esperanza, un modo de estar entre los hombres y las cosas, continuarán signando, como hasta ahora, la vida y el trabajo creador del poeta." Aquí hay, como se ve, una perfecta asunción de que el mundo es imperfecto, de que el mundo no sólo merece rebeldía sino que merece incluso desesperación, porque incluye una clara conciencia de que existen cosas que son dolorosamente casi irresolubles. Pero, a la vez, esa amarga constatación no lo conduce ni a la inercia ni al nihilismo, sino a afirmar una y otra vez, como vimos en privado o en público, en secreto o a voces, la irrenunciable percepción de "una difícil esperanza". Es una presencia ansiosamente viva, angustiosamente palpable y que, para él, nunca pudo quedar en un concepto apenas y que sostuvo, entonces, por ejemplo, permanentemente, en cada gesto, inclusive en su vida cotidiana.
En muchas de sus cartas personales y de sus dedicatorias, a lo largo de los años, se reitera una y otra vez esa misma bella y conmovedora imagen. La "difícil esperanza" era para Bayley algo vivido y razonado, algo entrañable y cierto, algo fundamental y hondo que en gran medida venía a resolver, en iluminadora síntesis, las ricas y generosas tensiones creadoras de su vida y de su obra. Tensiones que eran su mundo y que resultaban de su abierta y enriquecedora relación con el mundo. ¿Puede recordarse, sin la más mínima intención de menoscabarlo en absoluto, todo lo contrario que, como persona, aquel que nació como Edgar Maldonado Bayley no era para nada dúctil, ni maleable, sino más bien duro de boca, harto difícil de manejar? Su gentileza y su buen humor no fueron nunca complacientes Tampoco era muy explícito en aquello que lo tocaba en lo profundo, en lo íntimo. Porque era reservado, no distante. Burlón sí, pero discreto.
Hay una evolución en él, como intelectual y como hombre que es permanente, legítima, producto de su propio existir. Pero que, al parecer, lo sigue manteniendo siempre alrededor de aquello que entrevimos ya desde un comienzo: una inteligencia que se quiere meridiana pero con una actitud de vigilancia con respecto a la misma, para que no se transforme en un racionalismo, para que no se vuelva algo que seque las fuentes saludablemente inconscientes, naturalmente orgánicas de la poesía y de la vida misma, "ese mundo que, como poeta, no quisiera ver determinado nunca por vía de análisis", como afirmó tan lúcidamente al concluir ese texto clave que es "Realidad interna y función de la poesía".
En su segundo libro de ensayos (1989) donde, a diferencia del primero, los atisbos pueden llegar a parecernos a veces acaso más trascendentes que las concreciones, lo que no deja de ser otra prueba de su profunda honestidad y de su sinceridad para consigo mismo y para con la poesía, me parece evidente la tentativa (a la vez inalcanzable y necesaria, tan inextinguible como ineludible) de pretender rozar algo que él mismo sigue prefiriendo como indefinible: el misterio de la creación poética, la vieja inquietud que sabiéndose irresoluble vuelve a planteársenos una y otra vez. Y que sin duda tiene algo muy hondo que ver con el lenguaje general, con el lenguaje humano: ¿qué vuelve poema a unas palabras?, ¿qué hace que algo sea poesía o no?, ¿por qué algunas palabras son poesía y otras no? Edgar Bayley pertenece a ese linaje de grandes poetas que, como Baudelaire y Apollinaire, no sólo fueron capaces de reflexionar sobre la poesía y el arte sino también de descubrir y anunciar nuevos valores y encabezar nuevos movimientos. Pero no porque se hubieran propuesto hacer docencia o hacer proselitismo, todo lo contrario, sino porque han sido artistas de raza, artistas exigidos, artistas de fondo, que han sentido que el ejercicio apasionado y sin dobleces de su propia poesía los llevaba, intensa y rigurosamente, a plantearse preguntas a esas cuestiones que sabían insolubles. Porque, como en tantas otras cosas, aquí también el camino sigue siendo más importante que la meta. Y la pregunta invalorablemente más preciosa que ninguna respuesta.
Durante aquel período tan doloroso que fue la última dictadura militar, y que coincidió con los altos años de su vida, Bayley se refugió en la frecuentación de poetas más jóvenes. Con ellos siguió mostrando la misma actitud de fondo que había mantenido toda su vida, y también con ellos llegó entonces, probablemente, a resultar magistral sin habérselo propuesto en absoluto. Pero la dimensión intelectual y artística de la obra literaria de Edgar Bayley no se limita a sus muchos amigos poetas y artistas.
Creo sinceramente que lo que más le hubiera gustado es seguir vivo, latente en las palabras que vivió, en el país, en el mundo, con los otros, en la evidencia compartida, en la exigente y tiernísima poesía, en inteligencia con el corazón y en el corazón de la inteligencia, en la difícil esperanza: "Una lucidez fraternal. Un nacimiento. El mundo llega a ser un tú. Canto. Luz en la piedra fecundada. Nos reconocemos. Luminoso cielo oscuro. Sangre del desamor enamorada. Rostro del hermano."
Quizás, en los tiempos difíciles, áridos y ácidos para la poesía que nos toca vivir, esta vida y esta obra se vuelvan cada vez más necesarias para mantener abiertas, fecundantes y fecundas, las esclusas del lenguaje, las dínamos del día. Pero una cosa es segura, esta personalidad y esta escritura constituyen la evidencia de una corriente original dentro del cuerpo de la poesía argentina contemporánea, una tendencia que renunció a la vez al sentimentalismo y la retórica, a la grandilocuencia y al cerebralismo, al formalismo y lo patético, que corrió el riesgo de permanecer fuera de todos los circuitos supuestamente prestigiosos para no ponerse fuera del alcance de la vida y que, aunque no demasiado frecuentada en estos tiempos, aunque hoy aparentemente dejada de lado cuando no obviada u obturada, no cesará de fluir si es que -como lo creo- está viva, no dejará de ofrecerse, incesantemente, ni desprecio ni rechazo, evidencia del lenguaje y rostro del hermano, razón y corazón, llama temblorosa en la tierra de nadie, "todo el viento del mundo".

 

Extraído de:
http://www.poeticas.com.ar/index.html