MÉXICO

 

Imagen al amanecer



" El agua del aspersor cubría la escena
como una niebla,
como una flama blanquísima, dueña
de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso
ritual
y cadencioso.
Un poco más allá y más allá hasta
tocar las rocas. Lienzos de sol
entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno
oleaje
silencioso. Un mismo
denso
movimiento lo centra; lo ahonda
en su asombrado corazón. Profundo, colmado
vórtice.
Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento
borbollón luminoso.
Un poco más allá, más allá, su tacto límpido
se estremece. Son remanso
las rocas
a su enjambre estelar, a su incesante,
encendida nieve. Por un momento se cubre
con su seda el jardín. Suavemente
los troncos ceden
y van tendiéndose sobre el pasto;
largas sendas oscuras bajo el tamiz
que inunda el amanecer. Cuando su lluvia
se ha expandido hacia el este
pesan menos las sombras
y los troncos se adensan y se levantan.
Vuelve entonces el arco
a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena,
un olor de magnolias
y rocas húmedas. "

 


 

     De sus ojos ornados de arena vítrea

 

Desde la exhalación de esos peces de mármol,
desde la suavidad sedosa
de sus cantos,
de sus ojos ornados
de arenas vítreas,
la quietud de los templos

(en sus sombras de acanto, en las piedras
que tocan y reblandecen)

     han abierto sus lechos,
     han fundado sus cauces
     bajo las hojas tibias de los almendros.

Dicen del tacto
de sus destellos,
de los juegos tranquilos que deslizan al borde,
a la orilla lenta de los ocasos.

De sus labios de hielo.

Ojos de piedras finas.

De la espuman que arrojan, de la aroma que vierten

(En los atrios: las velas, los amarantos.)

sobre el ara levísima de las siembras.

    (Desde el templo:
    el perfume de las espigas,
    las escamas,
    los ciervos. Dicen de sus reflejos.)

En las noches, el mármol frágil de su silencio,
el preciado tatuaje,
los trazos limpios

    (han ahogado la luz
    a la orilla; en la arena)

sobre la imagen tersa,
sobre la ofrenda inmóvil
de las praderas.

 


 

      Tus lindes:
grietas que me develan

 

Has pulsado,
has templado mi carne
en tu diafanidad, mis sentidos (hombre de contornos
levísimos, de ojos suaves y limpios);
en la vasta desnudez que derrama,
que desgaja y ofrece;
(Como una esbelta ventana al mar; como el roce delicado,
insistente, de tu voz).
Las aguas: sendas que te reflejan (celaje inmerso), tu
afluencia, tus lindes: grietas que me develan.
-Porque un barniz, una palabra espesa, vivos y muertos,
una actitud fungosa, de cordajes,
de limo, de carroña frutal, una baba lechosa nos recorre,
nos pliega, ¿alguien;
alguien hablaba aquí?
Reconozco, como albino, a ese sol:
distancia dodlorosa a lo neutro que me mira, que miro.
Ven, acércate; ven a mirar sus manos, gotas recientes en
este fango; ven a rodarme.
(Sabor nocturno, fulgor de tierras erguidas, de pasajes
sedosos, arborescentes, semiocultos; el mar:
sobre esta playa, entre rumores dispersos y vítreos). Has
deslumbrado, reblandecido
¿En quién revienta esta luz?
-Has forjado, delineado mi cuerpo en tus emanaciones,
a sus trazos escuetos. Has colmado
de raíces, de espacios;
has ahondado, desollado, vuelto vulnerable (porque tus
yemas tensan y desprenden,
porque tu luz arranca -gubia suavísima- con su lengua,
su roce, mis membranas- en tus aguas; ceiba luminosa de
espesuras abiertas, de parajes fluctuantes, excedidos; tu relente) mis miembros.
Oye; siente en ese fallo luctuoso, en ese intento segado,
delicuescente.
¿A quién unge, a quién refracta, a quién desdobla? en su
miasma
Miro con ojos sin pigmento ese ruido ceroso
que me es ajeno.
(En mi cuerpo tu piel yerge una selva dúctil que fecunda
sus bordes; una pregunta, viña que se interna, que envuelve
los pasillos rastreados.
-De sus tramas, de sus cimas: la afluencia incontenible.
Un cristal que penetra, recinoso, candente, en las vastas
pupilas ocres del deseo, la transparenta; un lenguaje
minucioso.)
Me has preñado, has urdido entre mi piel;
¿y quién desliza por sus dedos?
Bajo esa noche: ¿Quién musita entre tumbas, las zanjas?
Su flama, siempre multiplicada, siempre henchida y secreta,
tus lindes;
Has ahondado, has vertido, me has abierto hasta exhumar;
¿Y quién,
quién lo amortaja aquí?; ¿quién lo besa?
¿Quién lo habita?

 


 

Una avispa sobre el agua

 

La superficie del agua es tensa
para una avispa,
es un sendero múltiple fluyendo siempre
como el tacto del tiempo
sobre la hondura quieta
de un corto espacio.

Corto es el tiempo
en que flota; corta
la distancia en que gira
por incesantes laberintos,
remolinos inciertos, llamas,
y transparencia
inextricable.

 


 

Mariposa

 

Como una moneda girando
bajo el hilo de sol
cruza la mariposa encendida
ante la flor de albahaca.

 


 

La brisa

 

La brisa toca con sus yemas
el suave envés de las hojas. Brillan
y giran levemente.
Las sobresalta y alza
con un suspiro, con otro. Las pone alerta.

Como los dedos sensitivos de un ciego
hurgan entre el viento las hojas;
buscan y descifran sus bordes,
sus relieves de oleaje, su espesor.
Cimbran
sus fluidas teclas silenciosas.

 


 

Como un acuario

 

La luz de la tarde escoge algunas plantas
y en algunas de sus hojas penetra.

Como un acuario encendido por sus peces;
como un fluir
de la noche
entre rastros de estrellas,
transcurre
en su quietud
la maleza.

 


 

La penumbra del cuarto

 

Entra el lenguaje.

Los dos se acercan a los mismos objetos. Los tocan
del mismo modo. Los apilan igual. Dejan e ignoran
las mismas cosas.

Cuando se enfrentan, saben que son el límite
uno del otro.

Son creador y criatura.
Son imagen,
modelo,
uno del otro.

Los dos comparten la penumbra del cuarto.
Ahí perciben poco: lo utilizable
y lo que el otro permite ver. Ambos se evaden
y se ocultan.

 


 

Una piedra en el agua de la cordura

 

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo,

Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquél
entre este punto
y aquél

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.

 


 

Sobre él discurren con suavidad

 

En el espejo del tiempo
centellea la conciencia.

Fina serpiente de cristal, rodea las cosas.
Las envuelve, las crea, las fija.

–Se ve mirarse en el reflejo.
Ve su imagen mirar.-–

Los movimientos se hacen cautos
y lentos
y van dejando en su discurso fisuras.

Los dibujos que trazan al brillar las fisuras
van reemplazando
el movimiento.

Son subyugantes sus arabescos contra el lomo
del mar.

En él respira su silencio.
Es un espejo el tiempo
bajo el azul: sobre él,

con punzones finísimos argumentan,
sobre él discurren con suavidad.

 


 

Sombra

 

Por la sombra
que formulan los pliegues
sobre el muro de cal
nadie descifraría la forma de esta apacible
cortina azul:
triángulos, fauces, crestas,
estalactitas, bloques agudos
y caóticos.

 


 

Luz derramada sobre un estanque de alabastro

 

Una pequeña piedra transparente
y en ella,
la deslumbrada alegría del sol.
Eres el canto del agua
y entre sus hebras, el canto fresco
de la alondra, el viento suave
al amanecer. Luz derramada
sobre un estanque de alabastro.
Sobre sus aguas:
el azahar
y el jazmín.

 


 

La voz indígena

 

Es un dolor
de voz que se apaga. De voz eterna
y profunda
que así se apaga. Que así se apaga
para nosotros.

 


 

El amor es su entornada sustancia

 

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es su entornada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota,
senderos y senderos
inextricables. Es el camino
de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso en donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento,
de la calma del agua, y del sol
que toca,
con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra,
y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver
y encender