MÉXICO

 

El recuerdo I


Oh Buenos Aires.
Toda la milonga y todo tango
se deshacen en una revolución de siglos.
Antes del año 3,000 me esperarás.
 De nuevo pasaré por Florida, que estará a punto de caer.
Por el Río de la plata todo estará a punto de funcionar.
En cierta casa Ella escuchará mis pasos
y olerá mi ropa a pachuli y hierbabuena
justo cuando nadie se entere.

Y podré dormir otra vez como extranjero.

 


 

El recuerdo II


Ciudad de cualquier lado, iré pronto a otros suelos.
Aunque el mundo no me interese.
En Hermosillo a veces llueve
y las calles se inundan como antes.
En Hermosillo también hay plazas.
Yo puse el Amor en alegres proyectos.
En esa misma casa ella me estará esperando todavía.
Tendrá una pupila en cada dedo
y la mirada de mi Helen.

 


 

EN EL MEOW MIX CAFÉ
la joven mesera llena por
tercera ocasión tu taza.
Excuse; the annoying smoke to the cats,
cannot smoke in this area,
te dice con imperfecto
inglés antes de marcharse.
Y tu estrategia de conversar
con ella se viene a pique.
En verdad no es tan cruel abril:
cada vez recibes café sin tanto pelo

 


 

LA MUCHACHA DEL BARRIO
latino no abraza por temor de verse indiscreta
en la última despedida de su colchón
Selter and company.
Se enamora de tan poco
que al calor del dulce hogar
temo preguntarle cualquier cosa acerca
de su cambio. You also want to me, mattress?
pregunta.

Sé que ella ama a los gringos por ser hermosos.

 

 


 

SÓLO HORAS DESPUÉS
llegamos al Café house,
edificio en construcción de la calle
Quiroz y Mora,
allí donde el viento arrancó algunas flores disfrazadas de petunias
y derribó retratos de manzanas estilo René Magritte.

Tú y yo

puestos a trasluz de locos ventanales donde no entró el frío,
sus cuatro horizontes dibujados en tu blusa color de agua, ¿te acuerdas?
En los casi no siempre delicados servicios del mesero,
el aroma del café con los terrones de azúcar morena
y el 10% de propina, ¿qué importa ya si no canta Barry White?

Anda, dime ¿a dónde iremos el próximo verano?

 


 

YO ME SENTÍA UN
extranjero más en Eindhoven
y ella no parecía más conmovida que yo
en aquella durísima temporada de invierno.
“Llámame Helen”,
dijo su gafete sin mover los labios cuando me le acerqué en la barra de la estación.
En el ruido predecible del tren se escondieron ligeramente las palabras.

¿Puedo decir que en verdad la conocí?

Llevaban sus cachetes la dura quemazón de los países bajos.

Ahora los árboles habrán crecido y serán de nuevo interminables.

Le ofrecí el café más oscuro que pude conseguir por 2 €.
La boletera me despidió con un “Buen viaje, norteamericano” para el camino.
Esto sucedió en Eindhoven

 


 

LA CALLE TIENE UN OLOR 
a sexo quemado a eso de las cinco de la tarde.
Hay puentes y horizontales frutas amarillas. Un parque enorme donde tú puedes descansar.
El invierno dobla siempre por donde no debe,
pero Alexander, Nicolás y yo tenemos un grado de más
al mirar los duros pezones de las colegialas de Lomonossov.
Un viento frío hiela los pies de los pájaros de las faldas de las muchachas.
No he visto otra montaña en Rusia, salvo la Montaña de Gorriones.
Temo que no exista ciudad más roja que Moscú.

 


 

No están seguras

Las casas ceden su color más puro.
El Delta pinta motocicletas acuáticas, vía Tigre, según se explica.
Constitución termina en un punto lejano y empieza en otro.
Alguien desespera
                       –puedo intuirlo–
en ese lugar de enfrente.
La tarde duda en avanzar o retroceder.
Una voz con tacones pregunta el precio de la pensión más barata.

Hay una lluvia de pájaros en la Plaza Mitre.

Puticos de pies desnudos encuentran rostros sonrientes
en lugar de monedas en la insinuación de los extranjeros.

Bien mirada, la provincia de Buenos Aires también es techo.

Se deshoja lo que parece ser un árbol amarillo.

 


 

Charlar y no hacer


                                                                    "a Jorge Spinoza".
Negándose a subir en su belleza
intacta que lo devora/
el pájaro repite acasos por fin hechos/
vestigios sublinguales/
apenas suelta la rama se posa
aséptico en sí mismo/ pregunta cuando no debe su trino en la cornisa/
el silencio solamente donde pájaros y huecos jamás esperan
la hora exacta/ el frío resbala desde la habitación/ y yo observo/
alguien pregunta por mi casa/ bajo/ con él voy al bar
a tomar una cerveza/
veo a la joven profesora disfrazada de mesera cuando toda
forma encuentra su belleza más pura/ ruido/ coches, disparos/ un pájaro de
papel
en mi mano para su propina/
pudieras ser tú, no importa/
y allí sí estábamos/ aunque ya no estemos

 


 

Les sobran nidos donde poner

En el estar del momento justo de las hojas al caer/
donde el cuerpo puede sostenerse/ donde yo hubiese hecho/
primer cigarro de la mañana/ el humo y la tos raras veces vinculadas
a otras formas/
yo hubiese hecho justo lo que quería/ observado el vicio a las cosas inmundas/
así nos hacemos daño/ el hambre/ revistas pornográficas
desprendidas como las hojas de un árbol/
a pupilas que se retraen/ y todo el semen/ y todo el gusto no olor a ella
el cielo raso empuja la ventana/
algo podría decir que reconozco/
conducida la mano a lo que en el pájaro se parece al viento/
mudo/ su canto se reparte

 


 

No le pesan sus plumas

Aprender a tiritar de miedo/ donde pájaros no
se atreven/
donde el temor siempre más bajo de las rodillas/
donde las cosas por destruir llevan su nombre/
y el amor/ y el amor/ y el amor y sus márgenes también/
y sex appeal/
y donde al poema no le basta ser muchacha envejecida por estrategia/
y donde nubes tartamudas dejan sus pucheros de agua/ cúmulos hinchados de
enojo/
y donde un par de piernas sin detalle y a cuestas/
y donde aquella que no me quiere/
y donde aquella de cuyo nombre ahora quiero acordarme/
y cuando el agua y su sombra entran con prisa por ahí/
y la tierra/ el polvo gratuito para todos/
la ropa puesta  a secar según entiendo/
dios mío

 


 

Se come al mejor gusano

En el momento de observar,
cuando las hojas al caer siempre se atreven,
cuando trenes y árboles forman un punto lejano,
todo me llega aquí, con postales y vicios,
como era de esperarse,
como si no me diera cuenta,
esa es la pregunta,
y me llaga
al terrible sonido de goznes y postales
de Roberto Aizenberg y Xul Solar,
y sé que en lo audible persistirá ese recuerdo,
y que de pronto nada me dirá,
y sé que aún existe cierta habitación con olor a yuyo,
alguna puerta que permanece abierta en la avenida Lavalle,
se entiende

 


 

Si despiertas no maldigas

¡La mañana con sol
desde Ezeiza a San Fernando!
Sólo una vez subí a ese taxi de las diez, taxi de vidrios rotos y olor de orines.
Escapaban de nosotros los escaparates invisibles de las tiendas. Calles y casas interminables como los números.
Debo reconocer que era verano, es bien cierto.
Yo llevaba chorizos, mazapanes y tequila del más caro.
Todo se confundió con los aromas.
“Déjanos descansar un rato”, se lo pedimos Jahazal y yo a punto de vomitar.
–No hay tiempo para descansar en este barrio –era el taxista–, pues simplemente desde hace rato no
nos alcanza el tiempo.
Era hermoso aquel paisaje: vi pedazos de pared
aún sin construir.

 

 


 

Datos del autor

Manuel Parra Aguilar (Hermosillo, 1982). Comerciante y mecánico automotriz. Realizó estudios de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha publicado poemas en distintos medios electrónicos, así como en las revistas impresas Punto de partida, Tierra Adentro, Acequia, Estepa del nazas, Cultura de VeracruZ, Artemisa, Yuku Jeeka, Cantera Verde, La porte des poetes, Revista Azahar, Revista Nombre. Premio Internacional de poesía Oliverio Girondo 2005, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE delta bonaerense, San Fernando, provincia de Buenos Aires, Argentina. Mención de honor en Concurso 37 de revista Punto de partida, UNAM, 2006; XXIV Juegos Florales Universitarios 2006 de la Universidad Autónoma de Campeche; y en el Premio Regional de Poesía Ciudad de la Paz 2008. Editor de la sección poética de la revista literaria La línea del cosmonauta.

Blog: www.dondevaparartodanariz.blogspot.com